Trabajo en una oficina grande, de esas con pasillos eternos y salas de archivo olvidadas. Soy Carmen, 48 años, divorciada, con curvas que no escondo y un culo que vuelve locos a los tíos. Me encanta el riesgo, follar donde no debo, esa adrenalina de que nos pillen… Ay, madre mía.
Era viernes tarde, todos marchándose. Javier, el nuevo del departamento de ventas, alto, moreno, con esa sonrisa pícara, me pide ayuda con unos expedientes antiguos. ‘Carmen, ¿vienes al archivo? No encuentro los putos papeles del cliente belga ese’. Le sigo, eh… el corazón ya me late fuerte. La sala es un cuartucho polvoriento, estanterías hasta el techo, puerta que cierra sola. Nos ponemos a revolver carpetas, rozándonos sin querer. Sus manos grandes cerca de las mías, su aliento en mi cuello cuando se estira. ‘Joder, qué calor aquí’, dice él, quitándose la corbata. Yo miro sus ojos, bajan a mis tetas apretadas en la blusa. Siento el calor entre las piernas, mi coño ya humedece la braguita.
La tensión sube entre los expedientes y las miradas
De repente, truenos. Lluvia torrencial contra la ventana. ‘Mierda, se ha ido la luz un segundo’, murmura. La puerta está atrancada por los papeles que tiramos. Estamos solos, privados. Nos reímos nerviosos. ‘Bueno, mientras… ¿un cigarro?’, le digo, sacando el paquete de la falda. Se acerca, su cuerpo pega al mío. Huele a hombre, a colonia y sudor. Nuestras miradas se clavan, largas. Su mano roza mi cadera. ‘Carmen, eres… joder, estás buenísima’. Dudo, muerdo el labio. ‘Shh, nos pueden oír… pero no pares’. El espacio se cierra, el aire espeso de deseo.
La cosa explota. Me empuja contra la estantería, su boca en la mía, lengua dentro, salvaje. Le arranco la camisa, siento su polla dura contra mi vientre. ‘Fóllame, Javier, aquí mismo’, gimo. Baja mi falda, las bragas al suelo. Mi coño peludo y mojado al aire, labios hinchados. Se arrodilla, me abre las piernas. ‘Qué coñazo tan rico, Carmen, huelo tu excitación’. Su lengua lame mi clítoris, chupa fuerte, mete dos dedos en mi chocho chorreante. Gimo alto, ‘¡Sí, así, cabrón!’. Me corro rápido, jugos en su boca.
El polvo crudo e intenso en el archivo privado
Me pone a cuatro patas sobre las cajas. ‘Mira ese culo, para comérselo’. Escupe en mi ano, mete un dedo, luego dos. ‘¡Joder, qué virgen estás ahí!’, ríe. Yo empujo contra él, ‘Métemela ya, la polla entera’. Se pone de pie, frota su verga gorda contra mi raja. Entra de un golpe, profundo. ‘¡Aaaah!’, grito. Me folla brutal, cachetazos en las nalgas, tetas balanceándose. ‘Tu coño aprieta como una puta virgen’, gruñe. Cambio, me subo encima, cabalgo su polla, clítoris frotando. Sus manos en mis ubres, pellizca pezones duros. ‘Córrete dentro, lléname de leche’. Él acelera, ‘¡Me vengo, puta!’. Siento su corrida caliente inundando mi útero. Yo exploto otra vez, temblando.
Sudados, jadeantes. Nos miramos, risas culpables. ‘Vístete rápido, que viene el jefe’, dice él. Limpiamos el desastre, arreglamos ropa. Salimos como si nada, expedientes en mano. ‘Gracias por la ayuda, Carmen’. Sonrío, ‘Cuando quieras, guapo’. Vuelta a los despachos, profesional. Pero mi coño palpita aún, recordando el polvo. Mañana, más.