Trabajo en una oficina de marketing, soy Ana, 32 años, morena con curvas que no escondo. Me flipa el riesgo, el sexo prohibido en el curro me pone a mil. Hace unas semanas, en un proyecto largo con Carlos, mi jefe de proyecto. Alto, ojos verdes, unos 40 tacos, divorciado. Desde el primer día, sus miradas me taladraban el culo cuando me agachaba por los dossiers.
Al principio, todo profesional. ‘Ana, pásame el informe’, decía con esa voz grave. Yo le sonreía, cruzaba las piernas despacio, notando cómo se le ponía dura bajo la mesa. En las reuniones, rozábamos rodillas ‘por accidente’. Uf, el calor subía. Una noche, quedamos hasta tarde solos en la sala de juntas. Luces tenues, papeles por todos lados. ‘¿Quieres un café?’, pregunto yo, nerviosa, mordiéndome el labio. Él asiente, se acerca demasiado. Huele a colonia y hombre. Nuestros ojos se clavan. ‘Ana, no aguanto más tus miradas’, murmura. Me empujo contra la mesa, él me agarra la cintura. Beso salvaje, lenguas enredadas, saliva. Sus manos suben por mi falda, aprietan mis nalgas. ‘Joder, qué culo’, gime. Yo jadeo, ‘Shh, nos pueden pillar’. Pero eso me excita más, el corazón a mil.
La tensión sube entre papeles y miradas calientes
Pasamos a su despacho, cerramos la puerta con pestillo. Espacio privado al fin. Se sienta en el sillón, yo me arrodillo entre sus piernas. Desabrocho su pantalón, tiro del bóxer. Su polla salta, gruesa, venosa, cabezona ya goteando pre-semen. ‘Mmm, qué polla más rica’, digo lamiendo el glande. Él gime, ‘Chúpamela, puta’. La engullo entera, hasta la garganta, saliva chorreando. La chupo fuerte, arriba abajo, bolitas en la boca. Él me agarra el pelo, folla mi boca. ‘Para, o me corro ya’. Me levanto, me quito la blusa, el sujetador. Tetas firmes, pezones duros como piedras. Él las mama, muerde, lame. Yo gimo bajito, ‘Sí, así…’. Me baja las bragas, dedo en mi coño empapado. ‘Estás chorreando, zorra’. Dos dedos dentro, frotando el clítoris. Me corro rápido, temblando, jugos por sus dedos.
El polvo brutal y el regreso al curro como si nada
No aguanto. Me subo encima, falda arremangada. Guío su polla a mi entrada. ‘Fóllame duro, Carlos’. Baja de golpe, me llena entera. ‘¡Joder, qué coño más apretado!’, gruñe. Cabalgo como loca, tetas rebotando, mesa crujiendo. Él me agarra las caderas, embiste desde abajo, polla golpeando el fondo. Sudor, olor a sexo. Cambio: me pone a cuatro patas sobre el escritorio, papeles volando. Me abre el culo, escupe en mi ano. ‘¿Quieres por detrás?’. ‘Sí, métemela, pero despacio al principio’. Empuja, duele rico, entra centímetro a centímetro. ‘¡Qué culito virgen!’, dice. Me folla el culo fuerte, cachetazos en nalgas. Yo me froto el clítoris, grito ahogado. ‘Me corro… ¡ahhh!’. Él acelera, ‘Toma mi leche’. Se corre dentro, chorros calientes llenándome el culo. Quedamos jadeando, polla aún dentro, semen goteando.
Minutos después, nos separamos. ‘Joder, ha sido brutal’, dice él limpiándose. Yo sonrío, ‘Pero ahora a currar, como si nada’. Nos vestimos rápido, peino mi pelo revuelto. Salimos del despacho, caras serias. En la oficina, ya con luces encendidas, colegas llegando. ‘Buenos días, ¿trabajasteis mucho anoche?’, pregunta uno. ‘Sí, el proyecto avanza’, respondo yo, piernas temblando aún. Carlos me guiña ojo disimulado. Adrenalina pura, secreto nuestro. Mañana, más tensión… quién sabe.