Mi polvo prohibido en la oficina con mi jefa Nadia

Buff, aún me tiemblan las piernas recordándolo. Soy Marta, española de 25 años, curvilínea, con tetas grandes y firmes que no pasan desapercibidas. Llevo dos meses en esta oficina de abogados en las afueras de Madrid. Mi jefa, Nadia, es una marroquí de 28, piel mate, culo redondo como una melocotón, y unas tetas enormes, 95D, que se mueven libres bajo su blusa. No lleva sujetador, joder, y yo… yo me mojo cada vez que la veo.

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Todos los días, clasificamos expedientes en el archivo del fondo. Ayer, el calor de julio era asfixiante. Ella con una falda lápiz blanca que marcaba su tanga negra, yo con mi camisa rosa ajustada. Nuestros brazos se rozaban al sacar carpetas. ‘Cuidado, Marta…’, murmuraba con esa voz ronca. Sus ojos negros me taladraban, bajando a mis tetas. Yo sentía el calor entre las piernas. Me mordía el labio, disimulando.

La tensión subiendo entre expedientes y miradas

De repente, me pilló mirándole el culo. Sonrió, maliciosa. ‘Ven a mi despacho, tengo que enseñarte algo privado’. El corazón me latía fuerte. Cerró la puerta con llave. El espacio se volvió nuestro. Se acercó, su perfume almizclado me invadió. ‘Te he visto tocándote ayer, entre los papeles… ¿te pongo?’, susurró. Negué con la cabeza, pero mi coño ya chorreaba. Sacó su móvil, me mostró una foto mía: mi cara angelical impresa en su tanga usada, manchada de su lefa. ‘La llevo puesta, oliéndote todo el día’. Me quedé muda, el pulso acelerado.

No aguanté. La besé, salvaje. Lenguas enredadas, saliva mezclada. ‘Joder, Nadia, me vuelves loca’, gemí. Sus manos en mi culo, apretando. Me arrancó la camisa, mis tetas saltaron libres. Chupó mis pezones duros, mordiendo. ‘Qué tetas tan ricas, puta…’. Yo le bajé la falda, su coño rasurado asomaba por el tanga empapado. Lo arranqué, metí dos dedos directo en su chocho húmedo. ‘¡Sí, cabrona, fóllame!’, gritó bajito.

La tiré sobre el escritorio, papeles volando. Le abrí las piernas, lamí su clítoris hinchado, sabor salado y dulce. Metí la lengua profunda, chupando su lefa. Ella gemía, ‘¡Más, zorra!’. Con los dedos la empalé, tres, cuatro, pumm-pumm. Su coño tragaba, jugos por mis manos. Crují saliva en su culo, metí un dedo. Se abrió fácil. ‘¡Al culo también, joder!’. Dos dedos anales, luego tres. Ella se retorcía, tetas bamboleando.

El acto brutal: coños, dedos y éxtasis sin frenos

Intenté el puño. Empujé lento, su coño cedió. ‘¡Rraaah, Marta, destroza mi coño!’. Moví la muñeca, círculos. Ella chilló, orgasmos en cadena. Chorros calientes me salpicaron la cara. Saqué la mano brillando de cyprine. Se la metí en la boca, la lamió toda. ‘Tu coño sabe a gloria’, dijo.

Ahora me tocaba. Me tumbó en la mesa, succionó mis tetas, tirando pezones hasta doler. ‘Estas ubres son mías’. Me masturbé mientras, pero ella apartó mi mano. Se puso a cuatro, no… me sentó en su cara. Su lengua en mi raja, lamiendo mi clítoris. ‘Qué coño tan jugoso, española’. Metió dedo en mi culo, que adoro. Dos, tres, hasta que la palma chocó. Lengua en coño, puño en ano. ‘¡Voy a correrme, puta!’. Grité, exploté, lefa en su boca.

Nos abrazamos sudadas, besos suaves. ‘Eres increíble, Marta’. Limpiamos rápido: kleenex, ropa. ‘Vuelve al archivo, como si nada’, guiñó. Salí, piernas flojas, coño palpitando. Ella gritó: ‘¡Expediente 45!’. Sonreí. Nadie sospechó. Pero sé que repetiremos. La adrenalina… uf, adictiva.

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