Trabajo en una oficina cutre del centro, papeleo eterno, luces fluorescentes que pican en los ojos. Hoy, fin de tarde, solo quedamos Raúl y yo. Él, mi compañero de al lado, 45 tacos, alto, moreno bronceado de tantos viajes, cuerpo atlético bajo la camisa. Siempre me ha puesto, con esa polla que intuyo enorme bajo los pantalones. Nuestras miradas se cruzan mientras archivamos expedientes. Siento su aliento cerca cuando me pasa un folder. ‘Cuidado con eso, eh’, dice, rozando mi mano. Me mojo un poco, el corazón late fuerte. La oficina vacía, solo el zumbido de la impresora.
Yo… no sé, pero la adrenalina me sube. ‘¿Te quedas a terminar?’, pregunto, voz temblorosa. Él asiente, ojos clavados en mis tetas bajo la blusa. Caminamos al baño unisex del fondo, el último. ‘Necesito mear, ¿vienes?’, suelta de repente. Puerta cierra, pestillo. Espacio chiquito, espejo sucio, olor a desinfectante. Me bajo la falda, braguita al lado. Él abre la cremallera, saca… joder, esa verga. Gorda, larga, flácida aún 15 cm, prepucio largo cubriendo un glande enorme, morado, como una ciruela madura. Me hipnotiza, balanceándose.
La tensión sube entre los papeles y las miradas
Empezamos a mear al mismo tiempo. Jets dorados chocan, salpican. ‘Qué guapo cuando pisas así’, murmura, acercando su polla a la mía. No me aparto, acerco mi coño depilado. Gotas calientes se mezclan. Mi mano tiembla, la acerco… la toco. Carne caliente, pesada. ‘Mmm, sí…’, gime. Empiezo a pajearla lento, subiendo el prepucio, destapando el glande brillante, perla de pre-semen. Él agarra mi clítoris, frota. ‘Estás empapada, puta’, dice ronco.
No aguanto. Me arrodillo en el suelo frío, azulejos duros en las rodillas. Englobo su verga en la boca, chupa chupa, lengua en el frenillo. Crece, se pone tiesa como hierro, 22 cm fáciles, gruesa, venosa. ‘Joder, chúpamela bien, cabrona’, gruñe, cogiéndome la cabeza. Le meto garganta profunda, babeo, toso un poco, pero sigo. Sabor salado, olor a macho. Él me levanta, me gira contra el lavabo. Baja mis bragas del todo, falda arremangada. ‘Te voy a follar ese coño prieto’. Siento su glande enorme abriéndome, resbaladizo de mi saliva y mi flujo.
El polvo crudo e intenso en el baño
Entra de un empujón, me parte en dos. ‘¡Aaaah, despacio, coño!’, gimo, pero empujo culo atrás. Me agarra las caderas, clava uñas. Folla fuerte, polla hundiéndose hasta el fondo, golpes secos contra mi culo. ‘¿Te gusta, eh? Sientes cómo te abro, cómo te reviento el coño’. ‘Sí… sí, fóllame más, métemela toda, tu polla es brutal’. Sudor gotea, espejo empañado, riesgo de que entre alguien. Poppers no, pero la excitación es pura droga. Cambia, me pone de lado contra la pared, una pierna arriba. Entra de nuevo, raspa mis paredes, glande golpeando el cuello. ‘Voy a correrme, puta, agárrate’. ‘Córrete dentro, lléname de leche’. Se tensa, gruñe, chorros calientes inundan mi coño, rebosan por mis muslos.
Yo me corro también, temblores, clítoris hinchado frotado por su mano. Polla ablandándose dentro, sale con un plop, semen chorreando. Nos miramos, jadeantes. ‘Joder, qué polvazo’. Limpio con papel, me subo las bragas, semen pegajoso. Él guarda la verga, aún gorda. Lavamos caras, arreglamos ropa. ‘Vámonos, que viene el jefe mañana’. Salimos, oficina oscura. Luces fuera, como si nada. Mañana, miradas cómplices sobre los expedientes. Secreto nuestro, adrenalina eterna.