Trabajo en una oficina grande, de esas con pasillos eternos y salas de archivo llenas de polvo y papeles viejos. Era jueves, tarde, casi todos se habían pirado. Yo buscaba un expediente en la trastienda, agachada entre estanterías altas. De repente, oigo pasos. Era Marcos, el jefe de archivo, un tío alto, moreno, con esa mirada que siempre me ponía nerviosa. ‘¿Necesitas ayuda?’, me dice bajito, acercándose demasiado. Nuestros brazos se rozan, y siento su calor. Sonrío, coqueta. ‘Sí… quizás’. Él se ríe suave, y sus ojos bajan a mi falda ajustada, que se sube un poco al agacharme.
Nos quedamos ahí, entre los dossiers, fingiendo buscar. Pero sus manos… uf, rozan mi cadera. ‘Estás muy cerca’, le susurro, sin moverme. Él no para, aprieta un poco. ‘¿Te molesta?’. Niego con la cabeza, el corazón me late fuerte. La puerta está entreabierta, se oyen voces lejanas. Adrenalina pura. Me giro despacio, nuestros cuerpos pegados. Su aliento en mi cuello. ‘Joder, Patricia, me vuelves loco’, murmura. Le miro, mordiéndome el labio. ‘Shhh, nos pueden pillar’. Pero eso me excita más. Sus dedos suben por mi muslo, bajo la falda. Siento su polla dura contra mi culo. Retrocedo un poquito, restregándome. Él gime bajito. ‘Ven, vamos más adentro’, dice, tirando de mí a un rincón oscuro, detrás de unas cajas altas. Espacio privado, al fin. Puerta cerrada con un clic. Nadie nos ve.
La tensión sube entre los archivos
Ya no hay vuelta atrás. Me besa salvaje, lengua dentro, manos en mi blusa. Desabrocha botones, mis tetas libres, sin sujetador. ‘Qué pezonazos tan duros’, dice chupándolos, mordisqueando. Gimo, ‘Ay… sí, así’. Bajo la mano a su pantalón, abro el zipper. Su polla salta, gorda, venosa, palpitando. ‘Joder, qué polla más rica’. Me arrodillo, la lamo desde la base, bolas en la boca, succionando. Él agarra mi pelo, ‘Mmm, trágatela toda, puta’. La engullo, hasta la garganta, saliva chorreando. Branla mientras chupo el glande, saboreando el pre-semen salado. Se pone a jadear, ‘Para, o me corro ya’. Me levanto, jadeante. ‘Fóllame, ahora’. Me da la vuelta, falda arriba, braga a un lado. Mi coño chorreando, abierto. ‘Mira cómo estás de mojada’, dice metiendo dos dedos, follándome con ellos. ‘¡Sí, métemela!’. Saca un condón, se lo pone rápido. Me empotra contra la pared, una pierna arriba en una caja. Su polla entra de un empujón, llenándome. ‘¡Hostia, qué coño más apretado!’. Empieza a bombear, fuerte, profundo. Clac-clac, mis tetas rebotan. Grito bajito, ‘Más duro, joder, rómpeme’. Él me agarra el culo, dedos en mi ano, mientras me taladra. Cambio a perrito, manos en el suelo polvoriento, culazo en pompa. ‘Toma, cabrona’. Me clava hasta el fondo, pellizcando mi clítoris. Siento el orgasmo venir, ‘Me corro… ay, sííí’. Tiemblo, coño contrayéndose en su polla. Él saca, se arrastra el condón y me llena las nalgas de leche caliente, chorros espesos. ‘Toma mi corrida’. La esparzo con las manos, gimiendo de placer.
Sudados, jadeantes. Nos miramos, risas nerviosas. ‘Ha sido… brutal’, dice él limpiándose. Me bajo la falda, abrocho blusa, pelo revuelto. ‘Venga, como si nada’. Le beso rápido. Salimos, pasillo vacío. Él al archivo, yo a mi mesa. ‘¿Encontraste el expediente?’, pregunta un compañero pasando. ‘Sí, ya está’, digo sonriendo, coño aún palpitando, semen secándose en la piel. Adrenalina total, quiero más.