Trabajo en una oficina cutre en el centro de Madrid. Contabilidad, mesas pegadas, el aire acondicionado que no enfría una mierda. Tengo 28 años, soltera, y me encanta el riesgo. Sobre todo en el curro, donde todo el mundo finge ser serio. Javier llegó hace un mes. Alto, callado, siempre en su esquina con los informes. No habla mucho, no sale con la panda. Me picó la curiosidad. Es guapo, con esa barba de tres días y ojos que te desnudan.
Al principio, solo miradas. Yo archivando papeles, él pasando por el pasillo. Nuestros ojos se cruzan, y… joder, siento un cosquilleo en el coño. Sonrío, él aparta la vista rápido. Pero al día siguiente, lo mismo. ‘¿Qué pasa, Javier?’, le digo un día en la fotocopiadora. ‘Nada, todo bien’, murmura. Su voz grave me pone. Empiezo a imaginar su polla dura contra mi culo.
La tensión sube entre carpetas y miradas
Una tarde, el jefe nos manda a los dos al almacén de atrás. ‘Revisad los expedientes del 2022’. El sitio es un caos: estanterías altas, polvorientas, luz tenue. Cerramos la puerta, y el clic del pestillo suena como una promesa. Estamos solos. ‘¿Por dónde empezamos?’, pregunto, acercándome. Él se gira, y está cerca. Demasiado. Huelo su colonia mezclada con sudor. ‘Por aquí’, dice, pero su mano roza mi brazo. Temblor leve. Yo me muerdo el labio. ‘Javier, te he visto mirándome’. Silencio. Luego: ‘Es que… eres jodidamente sexy’.
Me lanzo. Nuestros labios chocan. Beso húmedo, lenguas enredadas. Sus manos en mi cintura, bajando a mi culo. Aprieta fuerte. ‘Mierda, qué ganas tenía’, gime. Yo le clavo las uñas en la espalda. El corazón me late a mil. Cualquier compañero podría entrar. Esa adrenalina me moja el coño al instante. Le bajo la cremallera del pantalón. Su polla salta fuera, gruesa, venosa, ya goteando precum. ‘Joder, qué polla más grande’, susurro. Él me empuja contra la estantería. Papeles caen. No importa.
El polvo brutal y la revelación caliente
Le bajo las bragas empapadas. Mi coño depilado brilla de jugos. ‘Fóllame ya’, le ruego. Él no espera. Me abre las piernas, me clava la polla de un empujón. ¡Ahhh! Llena por completo. Duele un poco, pero es placer puro. Empieza a bombear, salvaje. Plaf, plaf, contra mi carne. ‘Tu coño es una puta gloria, tan apretado’, gruñe. Yo gimo bajito, mordiéndome el puño para no gritar. Sus pelotas me golpean el culo. Cambio de posición: me gira, me pone a cuatro patas sobre una caja. Me agarra las caderas, me taladra más profundo. Siento su glande rozando mi cervix. ‘Más fuerte, cabrón, rómpeme’. Él obedece, sudando. Mi clítoris palpita. Me corro primero, un chorro que moja sus muslos. ‘¡Sí, sí, me corro!’.
Él no para. Me pone de pie, contra la pared. Levanta mi pierna, me penetra de lado. Sus dedos en mi clítoris, frotando rápido. ‘Córrete en mi boca después’, le digo jadeando. Acelera. Su polla se hincha. ‘Me vengo, joder’. Saca, se gira. Yo me arrodillo, abro la boca. Chorros calientes en mi lengua, amargos, espesos. Trago todo, lamiendo hasta la última gota. ‘Eres una guarra perfecta’, dice, besándome.
Pero… noto algo. Bajo su camisa, cicatrices. Rugosas, en el pecho. ‘¿Qué es eso?’, pregunto, tocando. Él duda. ‘Un accidente. Con un perro, de crío. Me atacó’. Se pone rojo. Yo sonrío. ‘Me pone, tu secreto’. Le beso las marcas. No me asusta. Al revés, me excita más. Pero volvemos a la realidad. Rápido: nos subimos la ropa. Limpio el semen de mi barbilla con un kleenex. Él arregla papeles caídos. ‘Como si nada’, digo riendo. Salimos del almacén. Él primero, yo dos minutos después. En mi mesa, tecleo números. Él al teléfono. Nadie nota nada. Pero bajo la mesa, mi coño palpita aún. Mañana, repetimos. El curro nunca fue tan adictivo.