Ay, chicas, aún me tiemblan las piernas al recordarlo. Trabajo en una oficina enorme, en el noveno piso, con vistas a toda la ciudad. Soy la asistente de Javier, mi jefe. Casada, sí, pero… uf, qué más da. Él es guapo, con esa mirada que te desnuda. Hoy, durante la pausa del almuerzo, la cosa se puso… intensa.
Estábamos revisando unos expedientes en su despacho. Él detrás del escritorio, yo inclinada sobre los papeles. Sentía sus ojos clavados en mi culo, en mi falda ajustada. ‘Marta, pasa esa carpeta’, dice con voz ronca. La acerco, rozando su brazo. Nuestras miradas se cruzan. Un segundo eterno. Sonrío, mordiéndome el labio. ‘¿Qué miras tanto?’, le suelto, juguetona. Él se levanta despacio, cierra la puerta con llave. Clic. El espacio se hace nuestro. Privado. El corazón me late a mil.
La tensión sube entre carpetas y miradas calientes
Se acerca por detrás, sus manos en mi cintura. ‘Sabes que me vuelves loco con esa falda’, murmura en mi oído. Huele a colonia fuerte, a hombre. Me estremezco. ‘Javier, y si alguien entra…’, digo, pero no me aparto. Al contrario, arqueo la espalda. Sus dedos suben por mis muslos, levantan la falda. ‘Que miren, puta’, gruñe. Me empotra contra la cristalera fría. Mis tetas aplastadas contra el vidrio, el sol calentando la piel. Abajo, la ciudad entera. Adrenalina pura, joder.
Baja mis bragas de un tirón. Siento el aire en mi coño ya mojado. ‘Estás chorreando, zorra’, dice, metiendo dos dedos dentro. Gimo, fuerte. ‘Shh, o nos pillan’, pero él no para. Me abre las piernas, su polla dura contra mi culo. La saca, gorda, venosa. La frota en mi raja, untándola de mis jugos. ‘Te voy a follar aquí mismo’. Empuja. Entra de golpe, hasta el fondo. ‘¡Joder, qué prieta estás!’, jadea. Yo: ‘Más, cabrón, rómpeme el coño’.
El polvo brutal y el regreso al curro como si nada
Empieza a bombear, salvaje. Plaf, plaf, contra mis nalgas. Sus manos aprietan mis tetas, pellizcan los pezones duros. Siento su polla abriéndome, rozando ese punto que me hace ver estrellas. ‘Me encanta tu coño casado, puta infiel’, me dice al oído. Yo gimo: ‘Sí, soy tu puta… fóllame más fuerte’. La cristalera tiembla. Abajo, gente pasando. ¿Nos ven? El miedo me excita más. Cambio de posición: me gira, piernas enroscadas en su cintura. Me clava contra el vidrio, polla entrando y saliendo, mis jugos chorreando por sus huevos.
‘Sácamela, quiero tu leche’, le pido. Acelera, bestial. Siento sus embestidas profundas, su glande golpeando mi cervix. ‘Me corro, joder…’. Explota dentro, chorros calientes llenándome el coño. Yo reviento en un orgasmo brutal, clavándole las uñas. ‘¡Sííí!’, grito bajito. Nos quedamos jadeando, su polla aún dentro, semen goteando por mis muslos.
Minutos después, nos separamos. Él se sube los pantalones, yo me ajusto la falda, bragas empapadas. ‘Vuelve al trabajo, como si nada’, dice con guiño. Sonrío, temblando. Salgo del despacho, piernas flojas. Vuelvo a mi mesa, abro el ordenador. Nadie nota nada. Pero mi coño palpita aún. Mañana… ¿repetimos?