Mi polvo salvaje en la oficina con mi compi más cachonda

Estaba empapada. Miré el reloj: las 18:45. El calor del verano entraba por la ventana del despacho compartido. Marta, mi amiga de toda la vida y ahora mi compañera de oficina, roncaba suave en su silla, con la cabeza sobre los brazos cruzados en la mesa. Habíamos pedido quedarnos hasta tarde para acabar el informe del jefe. Odiaba clasificar papeles en esa puta administración municipal, pero con ella, todo era más llevadero.

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Recordé la escena de antes. Después de la pausa café –nuestra tradición para desestresarnos cuando el curro aprieta–, fui al baño del pasillo. Justo al poner el jabón en las manos, oí gemidos. Las duchas colectivas del gym de la planta de abajo estaban abiertas, sin puertas, ‘para control’, decían. Me giré y vi a Lola, la de marketing, con la cabeza echada hacia mí, sonriendo pícara. Detrás, Raúl la follaba de pie, por el culo, metiéndosela despacio. Ella con las piernas abiertas, arqueada, mirándome fijo.

La tensión sube entre los expedientes

Flipé. No los había visto entrar. Los lavabos daban al otro lado. Sin pensarlo, me lavé las manos lento, espiando por el espejo. Raúl, el tío majo del equipo, no machista, querido por todos. Veía su polla gruesa entrando y saliendo, la chochita negra de Lola tragándosela, sus tetas blancas balanceándose contra su piel morena por el sol. Un escalofrío me recorrió la espalda. Acabé rápido, salí mientras Lola me despedía con la mano, mordiéndose el labio. Vi su otra mano frotando el clítoris. Volví al despacho… y ahí estaba Marta, en bragas, a cuatro patas buscando algo bajo la mesa, el culo hacia mí. Joder, qué espectáculo.

—¿Qué coño haces, Martita?

—Ah, llegas. Ayúdame con este puto pendiente que se me cayó.

Me agaché, nariz a la altura de su ano. Tragué saliva, excitada. Ella se levantó, piernas abiertas: ‘¡Lo tengo! Qué asco, está sucia’. Se fue a limpiarlo, ignorándome. Me quité la falda, la braguita chorreaba. La escondí en el cajón. Me puse el pantalón del pijama… digo, del gym que traía. Nos acostamos en el sofá del despacho para la siesta rápida, pero no pegaba ojo. Imágenes de Lola, Raúl, el culo de Marta…

Necesitaba masturbarme. Llevaba semanas sin follar en el curro. Deslicé la mano bajo el pantalón, dedos en la chocha húmeda. Pensaba en Lola. Un dedo dentro, otro en el clítoris. Abrí los ojos: Marta me miraba el pubis, la luz de la luna por la ventana iluminándola.

—Joder, qué guapa estás tocándote, nena…

Me paré, mano pegada al coño.

El clímax sin frenos y el regreso al curro

—Sigue, no pares. Yo también estoy que exploto. Voy a hacerme una paja yo también.

Se giró, bajó el pantalón. ‘Quítatelo todo’. Hice caso. Posó la cabeza en mi muslo, abriendo piernas para que viera su coño depilado, hinchado. Encendí la lámpara: ‘Mejor ver bien’. Se metió dos dedos, se folló fuerte. Yo igual, gimiendo bajito.

—Quiero más…

De repente, me enjambó la cara. Su coño aterrizó en mi boca, olor fuerte, jugos calientes. Lamí, succioné el clítoris, metí lengua dentro. Ella devoraba el mío, chupando labios, mordisqueando. ‘¡Tu coño sabe a gloria!’, jadeó. Le abrí las nalgas, lengua en el culo, dedo en chocha. Ella me follaba con dedos, tres adentro, pulgar en clítoris. Gemí en su coño, temblando. Explosamos juntas, chorros en la boca, cuerpos arqueados. No parábamos, lamidas lentas, succiones suaves.

Al calmar, nos separamos, besándonos con sabor a coño. ‘¿Desde cuándo?’, pregunté.

—Desde el curso pasado, con Ana y su novio Pedro. Un trío brutal en su piso…

Me contó: besos, polla compartida, lenguas en culos, corridas everywhere. Me excité de nuevo, pero miramos el reloj. 20:00. ‘Venga, al curro’. Nos vestimos rápido, olor a sexo en el aire. Abrimos la puerta, volvimos a las mesas como si nada. Sonrisas cómplices, el informe esperando. Adrenalina pura, por si alguien entraba.

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