Uf, acabo de salir del baño, aún me tiemblan las piernas. Trabajo en esta oficina cutre de Madrid, papeleo hasta las narices, pero hoy… joder, hoy ha sido la hostia. Soy Laura, 32 años, viciosa perdida, me pone cachonda el peligro, sobre todo aquí, con el jefe Marcos y la nueva, Sofia, esa morenaza de curvas asesinas que empezó hace una semana.
Estábamos los tres en la sala de atrás, revisando expedientes para el cierre. Fin de tarde, el resto se había pirado. Marcos, mi jefe, 45 tacos, divorciado, con esa mirada de lobo que me calienta siempre. Sofia, con su falda lápiz ajustada, blusa medio desabotonada, tetas que pedían guerra. Yo llevaba mi vestido negro ceñido, sin sujetador, pezones marcando.
La tensión entre los expedientes y las miradas
—Laura, pásame ese dossier de la esquina… —dijo Marcos, rozándome la mano. Sus dedos… eh, se quedaron un segundo de más. Miré a Sofia, ella sonrió, mordiéndose el labio. El aire se cargó, olía a café rancio y a su perfume dulce. Se inclinó para coger un papel, su culo perfecto contra mi muslo. Joder, sentí el calor subiendo.
—Chicos, hace bochorno aquí, ¿no? —soltó Sofia, abanicándose el escote. Vi sus pezones endureciéndose. Marcos carraspeó, pero sus ojos iban de uno a otro. Cerró la puerta con llave, clic. El espacio se volvió nuestro. Intimo. Prohibido. Mi coño ya picaba.
Nos miramos. Silencio pesado. Marcos se acercó, su mano en mi cintura. —Esto… ¿seguimos o qué? —Yo no pude más, le besé, lengua dentro, saboreando su saliva. Sofia jadeó, se pegó por detrás, sus tetas contra mi espalda.
El polvo fue bestial. Marcos me arrancó el vestido, mis tetas saltaron libres. —Joder, Laura, qué pezones duros —gruñó, chupándolos, mordiendo. Sofia se quitó la blusa, sujetador negro de encaje, pero se lo bajó, tetas enormes, rosadas. Yo metí mano en su falda, tanga empapada. —Estás chorreando, puta —le dije, metiendo dos dedos en su coño rasurado, caliente, viscoso.
El polvo brutal y el regreso al curro
Marcos sacó la polla, gorda, venosa, cabezota morada. —Chúpamela, Laura. Sofia, ven aquí. Nos arrodillamos, lenguas lamiendo su tronco, bolas peludas oliendo a macho sudado. Él gemía, —Sí, así, putas de oficina. Sofia me besó, boca con sabor a polla, mientras yo la follaba con dedos, clítoris hinchado palpitando.
Me tumbó sobre la mesa, expedientes volando. Abrió mis piernas, mi coño depilado reluciente. —Mira qué chochito mojado —dijo Sofia, lamiéndomelo, lengua plana, sorbiendo mis jugos. Marcos embistió, polla dura como hierro, estirándome hasta el fondo. —¡Ahhh, joder, rómpeme! —grité, uñas en su culo. Sofia se subió a la mesa, coño en mi cara. Lamí su raja salada, clítoris duro, ella se meneaba, —Come mi coño, Laura, sííí.
Marcos la folló después, doggy sobre mí, su polla entrando y saliendo, crema blanca en los labios de su coño. Yo lamía sus huevos, chochito de ella. Cambiamos, yo cabalgando a Marcos, polla clavándose en mi matriz, tetas botando. Sofia se frotaba el coño contra su boca. —Me corro, cabrón —aulló él, llenándome de leche caliente, chorros potentes. Yo exploté, coño contrayéndose, squirtando en su polla. Sofia se corrió en mi lengua, gritando bajito por si alguien oía.
Sudados, jadeantes, olor a sexo puro. Nos limpiamos con kleenex, ropa arrugada. —Bueno… eh, volvemos al curro —dijo Marcos, serio de golpe, abotonándose. Sofia se pintó los labios, yo me alisé el pelo. Abrimos la puerta, como si nada. Expedientes en orden, sonrisas falsas. Pero mis bragas… joder, aún mojadas. Mañana más.