Follada prohibida en la oficina: mi polvo con el compañero bajo la lluvia

Trabajo en una oficina cutre en el centro de Madrid. Llueve a cántaros fuera, como si el cielo se estuviera follando a la ciudad. Es tarde, casi todos se han pirado. Solo quedamos Pablo, mi compañero de al lado, y yo, revisando unos putos expedientes que no acaban nunca. El aire huele a café rancio y a humedad que se cuela por las ventanas.

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Sus ojos se clavan en mí cada dos por tres. Yo llevo una falda ajustada, blusa medio desabotonada porque hace un calor de cojones pese a la lluvia. Él, con esa camisa que se le pega al pecho… Mmm. ‘Oye, Pablo, ¿qué pasa? ¿Te distraigo?’, le digo riendo bajito, cruzando las piernas despacio. Él traga saliva, ‘Nah, es que… estás cañón hoy, joder’. Silencio. Nuestras rodillas se rozan bajo la mesa. Siento su calor subiendo por mi muslo. El corazón me late fuerte, esa adrenalina de saber que cualquiera podría volver.

La tensión sube entre los expedientes y las miradas

‘Eh… ¿cerramos la puerta? Para… concentrarnos mejor’, murmuro, mordiéndome el labio. Me levanto, el culo marcado en la falda, y echo el pestillo. Click. Ahora es nuestro. Vuelvo, me siento en el borde de su mesa. Nuestros dedos se tocan al pasar una carpeta. Sus manos suben por mis pantorrillas, lentas. ‘Joder, qué piel…’. Yo le miro, el pelo revuelto por el aire del ventilador. Le quito un zapato, su pie caliente en mis manos. Lo masajeo, los dedos firmes en la planta. Él gime bajito, ‘Sigue, puta madre…’. Su otro pie roza mi coño por encima de las bragas, ya húmedas.

Lo beso, suave al principio. Lenguas que se enredan, sabe a menta y deseo. Sus manos en mi nuca, me aprieta contra él. La lluvia azota las ventanas, tapando nuestros jadeos. Me bajo de la mesa, a sus pies. Le bajo la cremallera, su polla salta dura, venosa, goteando ya. ‘Mira qué polla más rica…’, digo lamiéndome los labios. La huelo, ese olor fuerte a hombre. La chupo despacio, la cabecita en mi lengua, salada. Él me agarra el pelo, ‘Chúpala toda, zorra’. La trago hasta la garganta, babas cayendo.

Me pone de pie, me sube la falda. Rasga las bragas, ‘Estás empapada, coño’. Su lengua en mi raja, lamiendo el clítoris hinchado. Gimo, ‘¡Sí, cómemelo!’. Sus dedos abren mis labios, chupa mi jugo, que sabe a miel salada. Me corro rápido, temblando, piernas flojas. ‘Joder, qué coño más dulce…’. Nos tiramos al suelo, alfombra áspera en mi espalda. Él encima, polla frotando mi entrada. ‘Fóllame ya’, le ruego. Entra de un golpe, dura, llenándome. Bombeamos fuerte, piel contra piel sudada. ‘¡Más rápido, cabrón!’. Sus huevos chocan mi culo, sonidos chapoteantes.

El sexo brutal sin filtros en el despacho

Me da la vuelta, a cuatro patas sobre los expedientes. Me abre el culo, lame mi ano apretado. ‘Relájate…’, saliva dentro. Un dedo, dos, me follan el ojete mientras su polla va al coño. Doble penetración casera, me vuelvo loca. ‘¡Me corro otra vez!’. Él gruñe, ‘Aguanta, que te lleno’. Cambiamos, yo encima, cabalgándolo. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones duros. Su pie en mi boca, lo chupo como su polla, sudoroso, salado. ‘Me vas a hacer correr con los pies, puta’. Lo masturbo con ellos, ágiles, piel suave resbalando en mi saliva.

Se corre dentro, chorros calientes bañando mi útero. ‘¡Toma mi leche!’. Yo exploto, coño contrayéndose alrededor de su polla flácida. Sudor, semen goteando, olor a sexo puro. Nos quedamos jadeando, cuerpos pegajosos.

Miro el reloj. ‘Joder, Pablo, hay que currar’. Nos vestimos rápido, bragas rotas en la papelera. Limpiamos la mesa con kleenex, expedientes revueltos. ‘Como si nada, ¿eh?’, dice él guiñando. Abro la puerta, aire fresco entra. Volvemos a las carpetas, sonrisas cómplices. Fuera sigue lloviendo, pero dentro… el secreto quema. Mañana más.

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