No podía quitármelo de la cabeza. Tres días pensando en esos tíos del mantenimiento, sus cuerpos sudados, ese polvo loco que me di con ellos. En el bufete, todo normal: marido, niños, pero yo… yo era dos mujeres. La pija de siempre y esta puta que quería más. Cada mañana, desde la ventana de la cocina, espiaba el camión de la limpieza. El corazón me latía fuerte.
Hoy, después de que se fuera mi marido, los oí llegar. Ruido de motor, pasos pesados. Abrí la puerta, salí. Franck, el jefe, me vio primero y se quedó tieso. Los otros, Manuel y los demás, saltaron como ciervos.
La tensión sube entre los archivadores
—Hola…
—Hola, señora —dijeron, nerviosos.
Me acerqué a Manuel, ese moreno con ojos que me desnudan. Lo miré fijo.
—Perdón por lo del otro día, fui… un poco puta. Pero he pensado en lo que dijisteis. Quiero… quiero ir con vosotros otra vez.
Se me quebró la voz, bajé la mirada. Manuel tragó saliva.
—¿Estás segura, señora?
—Sí, joder, solo pienso en vuestras pollas desde entonces.
Respiraba agitada, me acerqué más, sentía su aliento caliente. Silencio pesado. Manuel cedió.
—Vale, hay un local en el sótano del edificio nuevo, al fondo de la zona de oficinas. Mi hermano Miguel es el capataz. Ve esta tarde, habrá pocos. Suficiente para… ya sabes.
Me ardía la cara, di media vuelta y corrí a casa. Me senté, cabeza entre manos. ‘Para, loca’, me dije. Pero no, el fuego en el coño no se apagaba.
A las diez, arranqué el coche. Corazón a mil. Vi el cartel de la zona industrial. Aparqué lejos, caminé hasta el edificio en obras. Me escondí tras un montón de cajas, observé. Grúa zumbando, polvo everywhere. Dos tíos currando: uno magrebí con piqueta, cuerpo temblando con cada golpe, brazos flacos pero duros, pantalón sucio. El otro, un pelirrojo enorme, barba, barriga, descargando cemento, sudor chorreando.
Me mojé al instante. Cerré las piernas, imaginándolos encima. ‘Venga, fóllame’, pensé. Pánico, huí al coche. ‘Estás loca’, jadeé.
Pero a la una, me arreglé: falda plisada azul, abierta delante, blusa seda sin sujetador, pezones duros rozando. Bragas rojas, pelos asomando. Pelo recogido, tacones. Convicción total.
Bajé al sótano. Silencio. Herramientas tiradas. Empujé la puerta metálica, crujió.
El polvo brutal y la despedida discreta
—¿Eres la que dijo mi hermano?
Sangre helada. Miguel: bajito, fornido, barba, ojos verdes clavados en mis tetas.
—Sí… vengo a… inspeccionar equipos.
Rió.
—Claro, ven.
Me cogió el brazo, firme. Me llevó a una salita: mesa madera, bombilla colgando, herramientas. Dos tíos: Ahmed con taladro, el pelirrojo con destornillador. Ruido ensordecedor.
Miguel me empujó dentro, manos en caderas. Corriente eléctrica. Me acerqué a Ahmed, piernas abiertas. Paró el taladro, ojos como platos en mi coño bajo la falda.
Manos en mis pantorrillas, subiendo… tocando muslos. Gemí. Agarré su cabeza. El pelirrojo y Miguel cerca, pollas duras asomando.
Ahmed rozó mi raja con los dedos. ‘¡Ahhh!’ Grité, cerré piernas en su cara. Me tocó el coño, saqué su polla curva, morena. El pelirrojo sacó la suya, blanca larga. Miguel, gorda peluda.
Chupé la del pelirrojo: labios en la verga, lengua en el glande. ‘Joder, qué rica’, gruñó. Le corrí en la boca casi, pero aparté, leche en el suelo.
Ahmed me folló contra la pared: condón, polla entrando despacio. ‘¡Haa, suave!’ Empujones, coño chorreando. Se corrió dentro, caliente.
Miguel: ‘Túmbate’. En la mesa, piernas abiertas. Me lamió el coño, succionando jugos. Luego su polla gorda: ‘No me hagas daño’. Entró, follando duro. Mesa crujiendo, uñas en mis muslos. Se corrió, gruñendo.
—Vete ya —dijo Miguel, serio.
Ajusté falda, subí. En mi mesa, como si nada. Niños llegando pronto. Sonreí. Mañana, más.