Trabajo en una oficina cutre, de esas con mesas pegadas y el aire cargado de café rancio y bolis mordidos. Yo soy Laura, 42 tacos, divorciada y con ganas de marcha. Me encanta el riesgo, el subidón de hacer guarradas donde no toca. Especialmente en el curro, con la puerta entreabierta y el miedo a que entre alguien.
Él es Pablo, mi compañero de al lado. Alto, con esa barba de tres días que pica de vicio y ojos que te desnudan sin hablar. Llevábamos semanas con esa electricidad. Miradas cruzadas mientras archivamos expedientes. Sus dedos rozando los míos al pasar un folio. ‘Perdón’, dice él, pero su voz sale ronca, como si ya estuviera pensando en otra cosa.
La tensión subiendo entre miradas y papeles
Hoy… o ayer, bah, fue la gota. Estábamos solos en la sala de reuniones, revisando un montón de carpetas amarillentas. El sol entraba por la persiana rota, rayas de luz en su camisa sudada. Olía a su colonia mezclada con sudor, y a mí se me mojó el tanga solo de olerlo. ‘Laura, ¿me pasas ese dossier?’, pregunta, y al inclinarse, su rodilla roza mi muslo. No me aparto. Al revés, aprieto un poco. Él traga saliva, ojos fijos en mis tetas bajo la blusa. ‘Joder, Pablo… ¿qué miras tanto?’, le suelto bajito, con una sonrisa puta.
Se acerca más. La mesa nos separa, pero sus manos ya están en mis rodillas. ‘No aguanto más tus miraditas, cabrona’, murmura, y me besa el cuello. Sabor salado, barba raspando. Mi coño palpita. Cerramos la puerta con pestillo, pero no del todo, eh… para el morbo. El espacio se hace íntimo, solo nosotros, el zumbido del aire y el olor a papel viejo. Sus dedos suben por mi falda, rozan el encaje. ‘Estás empapada’, dice, riendo suave. Yo le agarro la polla por encima del pantalón, dura como piedra. ‘Y tú listo para follarme aquí mismo’.
El polvo intenso y sin piedad
No hay tiempo para preliminares de postureo. Me sube la falda, arranca el tanga de un tirón. ‘Abre las piernas, puta’, gruñe, y mete dos dedos en mi coño chorreante. Gimo fuerte, tapándome la boca. Huele a sexo, a mi humedad y su precum. Se baja la cremallera, saca esa polla gruesa, venosa, con el capullo morado brillando. Me la mete en la boca primero, profunda, hasta la garganta. ‘Chúpala bien, que te la clavo entera’. La saliva me chorrea por la barbilla, gárgaras sucias mientras me folla la boca. Sabe a hombre, a deseo acumulado.
Luego me gira, culazo al aire sobre la mesa. Expedientes volando. Me escupe en el culo y mete la polla de un empujón en mi coño. ‘¡Joder, qué prieta estás!’, jadea, embistiéndome fuerte. Cada golpe hace un plaf plaf húmedo, mi clítoris rozando la madera. Le araño la espalda, ‘¡Más duro, cabrón, rómpeme el coño!’. Sudamos, resbalamos. Me mete un dedo en el culo mientras me folla, doble penetración casera. Grito bajito, mordiéndome el labio hasta sangrar. Él acelera, polla hinchada, ‘Me voy a correr dentro, ¿eh?’. ‘¡Sí, lléname de leche!’. Se corre primero, chorros calientes inundándome, y yo exploto segundos después, coño convulsionando, jugos por las piernas.
Paramos jadeando. Semen goteando de mi coño, olor a follada en el aire. Nos miramos, riendo nerviosos. ‘Vístete rápido, que viene la jefa’, dice él, limpiándose con un folio. Yo me bajo la falda, tanga rota en la basura. Nos sentamos como si nada, caras rojas, papeles revueltos. ‘¿Todo bien?’, pregunto yo, fingiendo ordenar. ‘Sí, perfecto’, responde, guiñándome. Volvemos al curro, sonrisas cómplices, con el coño dolorido y la adrenalina a tope. Nadie se entera. Pero yo ya quiero repetir.