Trabajo en una oficina de seguros, soy Carmen, 35 años, divorciada y con ganas de todo. Adoro el riesgo, esa adrenalina de follar donde no se debe. Aquella noche, Javier, mi jefe de 60 tacos con el rodilla jodida por una operación, se quedó hasta tarde conmigo terminando informes. La oficina vacía, solo el zumbido de los ordenadores y el olor a café rancio.
Estábamos sentados frente a frente, pilas de dossiers entre nosotros. Él gemía por el dolor en la pierna, yo le pasaba el hielo envuelto en una bolsa. ‘Gracias, Carmen, tu voz me relaja’, murmuró. Eh… su voz grave, ronca, me puso la piel de gallina. Le miré los ojos, marrones, intensos. Él me escaneaba las tetas bajo la blusa ajustada. Silencio pesado. ‘¿Quieres que te ayude más?’, dije bajito, rozando su brazo. Él tragó saliva. ‘Sí… acércate’.
La tensión subiendo entre dossiers y miradas
Me levanté, cerré la puerta del despacho con pestillo. Click. Ahora era nuestro. El espacio privado, pero con el eco de pasos lejanos en el pasillo. Me acerqué, mi falda plisada rozando sus rodillas. Olía a él: sudor limpio, hombre maduro, mezclado con mi perfume dulce. ‘Hueles jodidamente bien’, soltó. Dudé, corazón latiendo fuerte. Me incliné, mi escote a centímetros de su cara. Sus manos temblaron al tocar mi cintura. ‘Carmen, esto es una locura… pero no pares’.
Le quité el hielo, masajeé su muslo. Sus ojos en mi culo cuando me giré. ‘Muéstrame más’, pidió. Me subí la falda un poco, medias de liga asomando. Respiraba agitado. Yo sentía mi coño humedeciéndose, bragas empapadas. Le acerqué mi cuello: ‘Huele’. Inspiró hondo, gemí bajito. La tensión explotaba.
Ahora sí, al grano. Le pedí su pie. ‘¿Qué?’. ‘Dámelo, Javier, quiero olerte entero’. Se quitó el zapato, calcetín sudado. Lo olí, salado, excitante. Lamí sus dedos, chupé el dedo gordo. Él jadeaba. ‘Joder, Carmen…’. Le quité el pantalón despacio, su polla semi-dura saltó, gruesa, venosa. ‘Mira esto’, dije, oliendo su entrepierna. Pubis gris, olor a macho.
El acto brutal: polla dura, coño mojado y sin frenos
Me arrodillé entre sus piernas abiertas. Blusa desabotonada, tetas fuera, pezones duros. Lamí su polla desde las bolas hasta el glande, pre-semen salado. La metí en boca, succioné fuerte. ‘Ahhh, puta…’. Me empapé la mano en saliva, metí dos dedos en mi coño, luego a su boca. ‘Prueba mi jugo’. Él chupó voraz. Me subí encima, bragas a un lado, restregué mi coño peludo en su polla. Mojado total, labios hinchados envolviéndola.
‘Fóllame ya’, supliqué. Me penetró de golpe, polla dura clavándose hasta el fondo. Grité ahogado. Cabalgué salvaje, tetas botando, clac-clac de piel. ‘Tu coño aprieta como una virgen’, gruñó. Le arañé el pecho, mordí su cuello. Cambiamos: él de pie, pese al genou, me empotró contra el escritorio. Polla entrando y saliendo, chapoteo de mi lefa. ‘Chúpame el culo’, pedí. Lamí su ano, lengua dentro, él tembló.
Me puso a cuatro patas sobre los dossiers. Dedos en mi ano, luego su polla. ‘¡No, espera!’. Pero entró lento, ano virgen estirándose. Dolor-placer. ‘Joder, qué prieto’. Me folló el culo, bolas golpeando mi clítoris. Orgasmo brutal, coño chorreado sin tocarlo. Él sacó, corrió en mi espalda, semen caliente goteando.
Jadeando, sudorosos. Mirada rápida al reloj: 2 AM. ‘Vístete, Carmen, mañana hay reunión’. Se limpió con kleenex, yo me subí las bragas empapadas. Beso rápido, lengua juguetona. ‘Como si nada’. Salí primero, pasillo vacío. Él apagó luces. Al día siguiente, en la sala de juntas, guiño cómplice. Nadie sospechó. Pero mi coño aún palpita recordándolo.