Mi polvo prohibido en la oficina: adrenalina pura con mi compañero

Uf, aún me tiemblan las piernas al recordarlo. Era viernes tarde, la oficina casi vacía. Yo, trabajando en mi escritorio, revisando un montón de expedientes con Javier, mi compañero del departamento contable. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que siempre me pone… Bueno, él organizaba los papeles, yo los clasificaba. Nuestras manos se rozaban cada dos por tres. ‘Perdón’, decía él, pero sus ojos… Dios, esos ojos me comían entera.

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Sentía el calor subiendo. El aire acondicionado no funcionaba bien, sudaba un poco bajo la blusa. Él se inclinaba para mirar un documento, su aliento en mi cuello. ‘Mira esto, María, ¿qué opinas?’, murmuraba cerca, demasiado cerca. Yo tragaba saliva, notando cómo mi pezón se endurecía contra el sujetador. ‘Eh… sí, parece correcto’, respondía yo, voz temblorosa. Nuestras rodillas se tocaban bajo la mesa. El corazón me latía fuerte, imaginando qué pasaría si alguien entraba.

La tensión sube entre expedientes y miradas

De repente, dice: ‘Venga, vamos a la sala de reuniones, allí hay más espacio para extender todo’. Asentí, excitada ya. Caminamos por el pasillo desierto, el clic-clac de mis tacones resonando. Cerró la puerta, echó el pestillo. ‘Por si acaso’, guiñó un ojo. El espacio era nuestro: mesa grande, sillas, persianas bajadas. Se acercó, su mano en mi cintura. ‘Joder, María, no aguanto más tus miradas’. Yo me mordí el labio, el pulso acelerado. Sus dedos subieron por mi espalda, desabrochando el sujetador sin pedir permiso.

Me giró contra la mesa, su boca en mi cuello, mordisqueando suave. ‘¿Quieres esto?’, susurró. ‘Sí… pero rápido, eh, que nos pillan’, gemí yo, abriendo las piernas instintivamente. Me bajó la falda, las bragas al suelo. Su mano entre mis muslos, dedos resbalando en mi coño ya mojado. ‘Estás empapada, puta’, gruñó, y yo me arqueé, gimiendo bajito.

Me tumbó sobre la mesa, expedientes volando. Se desabrochó el pantalón, sacó su polla dura, gruesa, venosa. La restregó contra mi clítoris, torturándome. ‘Métemela ya, Javier, por favor’, supliqué, voz ronca. Empujó de golpe, llenándome entera. ‘¡Joder, qué prieta estás!’, jadeó él, empezando a bombear fuerte. Cada embestida hacía crujir la mesa, mis tetas botando libres. Agarré sus nalgas, clavando uñas, urgiéndole más profundo.

El polvo brutal: sin filtros ni piedad

Cambió ritmo, lento al principio, sintiendo cada vena palpitar en mi coño. ‘Me encanta follarte aquí, con el riesgo’, murmuró, chupándome un pezón, mordiéndolo. Yo gemía: ‘Más… fóllame como una perra’. Se puso a martillear salvaje, polla entrando y saliendo con sonidos chapoteantes, mi jugo chorreando. Me dio la vuelta, a cuatro patas sobre la mesa. ‘Mira ese culo’, dijo, abofeteándolo. Me escupió en el ojete, metió un dedo mientras me penetraba el coño sin piedad. ‘¡Voy a correrme!’, grité ahogada. Él aceleró: ‘Aguanta, zorra’. Sus huevos golpeaban mi clítoris, el placer subiendo como una ola.

Me levantó, contra la pared. Piernas alrededor de su cintura, su polla clavándose vertical, tocando el fondo. Sudor mezclado, olor a sexo llenando la sala. ‘Córrete conmigo’, ordenó, y explotamos juntos. Sentí su leche caliente llenándome, chorros potentes, mientras mi coño se contraía ordeñándolo. Gemidos ahogados, mordiéndonos para no gritar.

Se deslizó fuera, semen goteando por mis muslos. Respirábamos agitados. ‘Joder, increíble’, dijo él, limpiándose con una toalla de papel. Yo me recompuse rápido: bragas arriba, falda, blusa abotonada. ‘Vámonos antes de que vuelva el jefe’, susurré, sonriendo. Recogimos expedientes como si nada, salimos. En el pasillo, cruzamos con un guardia: ‘Buenas noches’. Sonrisas inocentes. Volví a mi mesa, piernas flojas, coño palpitando aún. Mañana, actuaré normal, pero… ¿repetimos?

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