Hoy en la oficina, hace un calor de cojones. Estoy yo, María, con mi falda ajustada y blusa blanca pegada al sudor. Pablo, el nuevo del marketing, alto, moreno, con esa sonrisa que me pone cachonda. Estamos revisando dossiers en la sala de archives, esa habitación estrecha al fondo del pasillo. Puertas cerradas, nadie molesta. Él se agacha a coger una caja, y yo veo cómo se le marcan los músculos de la espalda bajo la camisa. Nuestras miradas se cruzan. Él me mira las tetas, que se me escapan un poco del sujetador. Siento un cosquilleo en el coño. ‘¿Qué buscas exactamente?’, le digo, acercándome más de lo necesario. Su mano roza la mía al pasar un dossier. El aire está cargado, huele a papel viejo y a su colonia mezclada con sudor. Mi corazón late fuerte, la adrenalina de que nos pillen me excita más. Él susurra: ‘María, no pares de mirarme así…’. Yo me muerdo el labio, dudo un segundo. ‘Pablo, esto es una locura, pero… entra aquí conmigo’. Cierro la puerta con pestillo. El espacio es tan pequeño que nuestros cuerpos se pegan. Siento su polla ya dura contra mi muslo. ‘Joder, estás empalmado’, le digo riendo bajito. Él me agarra la cintura: ‘Tú me pones así, puta caliente’. Nos besamos como animales, lenguas enredadas, saliva chorreando. Su boca sabe a café y a deseo. Le arranco la camisa, arañándole el pecho. Él me sube la falda, mete la mano en mis bragas. ‘Estás empapada, María’. Sus dedos gruesos me abren el coño, rozan el clítoris. Gimo suave, mordiéndome el puño para no gritar.
Ahora sí, el acto. Le bajo los pantalones de un tirón. Su polla salta, gruesa, venosa, con el capullo brillante de precúm. ‘Métemela ya’, le ruego. Pero él quiere jugar. Me da la vuelta contra la estantería, llena de polvo y papeles. Baja mis bragas hasta los tobillos. Siento el aire fresco en mi culo desnudo. ‘Qué culito más rico’, murmura, escupiéndole encima. Su lengua me lame el ano, caliente y húmeda. Joder, qué sensación. Me tiemblan las piernas. ‘Pablo, fóllame el culo, pero despacio al principio…’. Él posiciona la punta, empuja. Duele un poco, resiste, pero lubrico con su saliva y entra. ‘¡Aaaah! Sí, rómpemelo’. Empieza a bombear, lento luego rápido. Cada embestida me sacude contra los estantes, dossieres caen. Sudor nos chorrea, el mío por la espalda, el suyo gotea en mis nalgas. Huele a sexo crudo, a coño mojado y culo abierto. Le meto la mano atrás, toco sus huevos peludos balanceándose. ‘Más fuerte, cabrón’. Él me agarra las tetas por debajo de la blusa, pellizca los pezones duros. Yo me corro primero, el coño chorreando jugos por las piernas, un grito ahogado. Él no para, folla mi culo como un poseído. ‘Me voy a correr dentro’, jadea. ‘No, sácatela, en la boca’. Se retira, el ano me palpita abierto. Me arrodillo en el suelo sucio, abro la boca. Él se la menea furioso, explota. Chorros calientes de lefa me llenan la garganta, salpica la cara. Trago lo que puedo, el resto chorrea por la barbilla. Sabe salado, espeso. Nos miramos, jadeantes, sudados como después de una maratón.
La tensión entre los dossiers y las miradas
Pero hay que volver al curro. Rápido, nos limpiamos con pañuelos de la caja. Él se sube los pantalones, yo me ajusto la falda, me limpio el rímel corrido. ‘Ni una palabra, ¿eh?’, dice él guiñando. Yo asiento, sonriendo: ‘Como si nada’. Salimos por separado. Él primero, yo dos minutos después. En mi mesa, abro el ordenador, piernas temblando aún. Siento el culo dolorido, pero cachonda recordándolo. La jefa pasa, pregunta por los dossiers. ‘Todo listo’, miento serena. Por dentro, la adrenalina no para. Mañana, ¿repetimos?