Mi polvo prohibido en la oficina: adrenalina y corrida salvaje

Ay, chicas, os cuento lo que me pasó el otro día en la oficina… Estaba hasta tarde, clasificando dossiers en el archivo del fondo. Todo el edificio parecía vacío, pero de repente… ruidos raros. Gemidos, golpes. Miré por la rendija de la persiana: en la calle, parejas follando como locas contra los coches. ¿Qué cojones pasaba? El corazón me latía a mil.

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Javier, el tío de seguridad, alto, musculoso, con esa barba de tres días que me volvía loca, entró como un toro. ‘Carmen, rápido, aquí dentro. Hay un desmadre fuera’. Me arrastró al cuartito, cerró la puerta con pestillo. Olía a papel viejo, polvo y… su sudor. Nos quedamos quietos, pegados. Su pecho subía y bajaba contra mis tetas. ‘Javier… ¿qué está pasando?’, susurré, voz temblorosa.

La tensión entre los archivos y las miradas

Él me miró, ojos rojos de deseo. ‘No sé… pero tú… joder, Carmen, estás tan cerca…’. Su mano rozó mi cadera. Yo sentí un calor en el coño, ya mojado. ‘No deberíamos… alguien podría…’. Pero no me aparté. Al revés, me pegué más. Sus dedos subieron por mi falda, rozando el tanga. ‘Estás empapada’, gruñó bajito. Gemí, mordiéndome el labio. El aire espeso, su aliento caliente en mi cuello. Miradas fijas, como imanes. El riesgo… dios, la adrenalina me ponía cardiaco.

No aguanté. Lo besé, salvaje, lengua dentro. Él me devolvió, manos en mi culo, apretando fuerte. ‘Carmen… te deseo desde hace meses’. Le bajé la cremallera, polla saltando libre. Gorda, venosa, cabezota brillante de pre-semen. ‘Joder, qué verga tan impresionante’, murmuré, acariciándola. Él jadeó: ‘Chúpala… por favor’. Me arrodillé entre cajas de archivos, boca abierta. La tragué profunda, saliva chorreando por la barbilla. Sabía salado, masculino. Él me agarró el pelo: ‘Sí… así, puta de oficina, trágatela toda’.

Me levantó, mesa llena de papeles volando. Falda arriba, tanga arrancada de un tirón. ‘Mira tu coño, depilado, chorreando jugos’. Dos dedos dentro, follándome con ellos. ‘¡Ah! Javier… lame…’. Lengua en mi clítoris, chupando fuerte. Gemí alto, tapándome la boca. Oía gritos fuera, gente enloquecida follando en los pasillos. ‘Fóllame ya, no aguanto’, supliqué.

El sexo brutal y la corrida explosiva

Me giró, culo al aire contra la mesa. Polla empujando, rompiendo mi entrada. ‘¡Joder, qué apretado tu coño!’. Embestida brutal, llenándome hasta el fondo. Golpes secos, piel contra piel. Sudor goteando, tetas rebotando fuera del sujetador. ‘Más fuerte… rómpeme, cabrón’. Él gruñía: ‘Te voy a llenar de leche, zorra laboral’. Me follaba como animal, mano en mi cuello, pellizcando pezones. Yo arañaba la madera, orgasmos subiendo. ‘¡Me corro! ¡Sí!’. Coño contrayéndose, chorros mojando sus huevos.

Él aceleró: ‘Toma mi corrida… ¡ahhh!’. Caliente, espeso, inundándome dentro. Pulsos interminables, semen goteando piernas. Colapsamos, jadeando. Olor a sexo puro, mezcla de corrida y coño.

‘Joder… eso fue… increíble’, dijo él, besándome suave. Nos vestimos rápido, tanga rota en bolsillo. Limpié semen de muslos con kleenex. ‘Venga, hay que salir, fingir normalidad. Mañana más dossiers’. Salimos, caras serias, como si nada. Él a su puesto, yo al mío. Pero con su leche dentro, sonriendo por dentro. Adrenalina total, chicas. ¿Quién dijo que el trabajo es aburrido?

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