Follada prohibida en la oficina: mi lío con la compañera casada

Ay, chicas, aún me tiemblan las piernas recordándolo. Trabajo en una oficina grande, llena de papeleo y jefes estirados. Justina es mi compañera, unos 50 tacos, casada, pero con esa mirada que grita ‘quiero más’. Empezó hace semanas, trabajando juntas en un proyecto. Sentadas codo con codo, revisando expedientes. Nuestras rodillas se rozaban bajo la mesa… euh, al principio casual, pero luego… sus ojos se clavaban en mis tetas cuando me inclinaba. ‘Valeria, pásame ese dossier’, decía con voz ronca, y su mano rozaba la mía, demorándose. Yo, que soy una puta abierta al sexo, le sonreía pícara. ‘Claro, Justina, tómalo todo’. El aire se cargaba, olía a su perfume mezclado con algo… húmedo. Una tarde, el resto se fue temprano. ‘Ven, ayúdame con esto en la sala de archivos’, le dije. Ella dudó, mordiéndose el labio. ‘Vale… pero rápido’. Cerré la puerta, ni cerradura, solo un pestillo flojo. El corazón me latía fuerte, ¿y si alguien entra? Esa adrenalina me ponía la concha a reventar.

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Nos acercamos, dossiers olvidados. La miré fijo: ‘Justina, desde el primer día te como con los ojos’. Ella se sonrojó, pero no apartó la vista. ‘Yo… euh, mi marido no sabe nada de esto’. La besé, suave al principio, labios carnosos, lengua tímida. Sus manos en mi culo, apretando. ‘Valeria, esto es una locura… aquí en el trabajo’. La empujé contra la estantería, expedientes cayendo. Le subí la falda, tanga blanca empapada. ‘Mira cómo mojas, puta casada’. Metí mano, dedos resbalando en su coño peludo, hinchado. Ella gimió bajito: ‘¡Dios, no pares!’. Le arranqué la blusa, tetas grandes, pezones duros como piedras. Los chupé fuerte, mordiendo. ‘¡Ay! Duele… pero me encanta’. La puse de rodillas: ‘Chúpame la concha’. Bajé el pantalón, mi chochito depilado a la altura de su cara. Olía a sexo puro, mi flujo goteando. Ella dudó, ‘Nunca he lamido a una mujer…’, pero metió la lengua, torpe al principio, lamiendo mi clítoris. ‘Así, cabrona, métela dentro’. La cara me la embadurnó entera, yo goteando en su boca.

La tensión sube entre papeles y miradas

La volteé, culo en pompa contra los archivos. ‘Abre las nalgas’. Su ano virgen, rosado, me llamó. Escupí, metí un dedo: ‘¡Joder, qué prieto!’. Ella jadeaba: ‘Valeria… euh, despacio, nunca me han tocado ahí’. Dos dedos, lubricados con su propia leche del coño. El plug improvisado con un marcador grueso, lo empujé: ‘Relájate, voy a follarte el culo’. Entró suave, su ano tragándoselo. Mientras, le metí tres dedos en la concha, chapoteando. ‘¡Me corro! ¡No pares!’. La follé duro, alternando: concha, culo, concha. Sus gemidos ahogados, ‘¡Más fuerte, rómpeme!’. Le pellizqué los pezones, tirando, roja de marcas. Puse pinzas de oficina en sus labios mayores, tirando cadenas de clips: ‘Siente el dolor, puta’. Ella gritaba bajito, ‘¡Sí, soy tuya!’. Mi orgasmo vino primero, chorro en su cara. Ella explotó, squirtando en el suelo, culo palpitando alrededor del marcador.

Sudadas, jadeantes, nos miramos. ‘Joder, Justina, ha sido brutal’. Ella, con el pelo revuelto: ‘Nunca imaginé… en el curro’. Nos limpiamos rápido con kleenex, olor a sexo impregnado. Ajustamos ropa, recogimos papeles. ‘Vuelve al escritorio como si nada’, le susurré, beso rápido. Salimos, sonrisas falsas. En la reunión de después, sentadas serias, pero bajo la mesa, su pie rozando mi muslo. Nadie notó nada… o eso creemos. Esa noche, mail suyo: ‘Valeria, mi coño aún palpita. Quiero más’. Yo, sonriendo: la próxima, peor.

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