Trabajo en una oficina grande, de esas con cubículos y luces fluorescentes que te taladran la cabeza. Hace meses que hablo por el interno con él. No sé quién es, solo su voz grave, esa que me pone la piel de gallina cada tarde. ‘María, ¿puedes traerme el dossier azul?’, dice, y yo siento un cosquilleo entre las piernas. Eh… ¿quién coño eres? Nunca lo he visto, pero sus llamadas se volvieron… íntimas. Susurros indecentes que me hacen mojarme en el baño.
Hoy, viernes, tarde muerta. La mayoría ya se ha pirado. Estoy archivando papeles cuando suena: ‘Ven a la sala de reuniones del fondo, tercera planta. Apaga la luz al entrar’. Mi corazón late fuerte. ¿Y si es un loco? Pero la curiosidad y esa calentura me empujan. Subo las escaleras, sudando un poco, el pasillo vacío. Abro la puerta, pulso el interruptor… nada, oscuridad total. Solo su respiración pesada.
La tensión sube entre carpetas y miradas calientes
—Hola, María… —susurra cerca, tan cerca que huelo su colonia fuerte, masculina.
Me acerco a tientas, tropiezo con una silla. Su mano roza mi brazo, eléctrica. ‘Confía en mí, solo siente’, dice. Le toco la cara: calva suave, barba de tres días que me raspa los dedos. Labios gruesos. Se acerca, me besa despacio, lengua caliente explorando mi boca. Uf… me derrito. Sus manos bajan por mi blusa, desabrochando botones con prisa contenida. Siento su polla dura contra mi tripa.
Sus dedos me quitan la falda, el tanga. Estoy empapada, coño palpitando. Me tumba sobre la mesa, fría contra mi espalda. Él se quita la camisa, pelo del pecho rozándome los pechos. ‘Qué tetas tan ricas’, gruñe, chupándomelas fuerte, mordisqueando pezones duros. Gimo bajito, miedo a que alguien oiga.
El polvo intenso, crudo y sin parar en la oscuridad
Le bajo los pantalones, agarro esa polla gorda, venosa. Dios, qué dura. La meneo, siente mis dedos apretar. ‘Chúpamela, puta’, ordena ronco. Me arrodillo en la moqueta, oscuridad total, solo guiada por el olor a macho. La meto en la boca, salada, cabezona hinchada. La chupo hondo, lengua en el glande, bolas pesadas en la mano. Él gime, empuja caderas: ‘Así, joder, trágatela toda’. Babeo, gárgaras obscenas, saliva chorreando.
Me pone de pie, me abre las piernas. Dedos en mi coño rasurado, resbaladizos. ‘Estás chorreando, zorra de oficina’. Introduce dos, follando adentro con golpes secos. Grito ahogado, clítoris hinchado. Su boca ahí abajo, lengua lamiendo furiosa, chupando mi jugo. ‘¡Córrete en mi cara!’, y exploto, temblores, chorros calientes en su barba.
Ahora él. Me gira, culazo al aire. ‘Te voy a follar como una perra’. Polla enorme embiste, llena mi coño hasta el fondo. Plaf, plaf, golpes brutales. Agarra mis caderas, me azota el culo rojo. ‘¡Más fuerte!’, pido jadeando. Me corro otra vez, apretándolo. Él acelera, bestia: ‘Me vengo, puta… ¡toma mi leche!’. Caliente dentro, semen rebosando piernas.
Sudados, jadeantes. Se retira despacio, beso post-sexo rápido. ‘Vístete ya, que viene gente’, murmura. Busco ropa a tientas, corazón desbocado. Salgo primero, pasillo iluminado normal. Él después, fingimos no vernos. Bajo a mi sitio, piernas temblando, coño dolorido y satisfecho. Mañana, miradas cruzadas en la fotocopiadora, secreto nuestro. Adrenalina pura, volver al curro como si nada. Pero sé que repetiremos.