Trabajo en una oficina cutre del centro, soy Laura, 32 años, española de pura cepa, con curvas que vuelven locos a los tíos. Mi jefe, Ramón, tiene como 55, panza, pero una mirada que me pone cardiaca. Llevamos semanas con esto: roces en la fotocopiadora, miradas mientras revisamos dossiers. Hoy llueve a cántaros, entro empapada, mi blusa blanca se pega al sujetador, pezones duros marcándose. Él me ve, eh… ‘Pasa, Laura, cierra la puerta, que hablemos de ese informe’. Cierro, clic del pestillo. El espacio se hace íntimo, solo nosotros, el olor a café y mi perfume mezclado con lluvia.
Nos sentamos en el sofá viejo de la sala de reuniones, carpetas entre medias. Sus ojos bajan a mis tetas, transparentes. ‘Estás… joder, toda mojada’. Me río nerviosa, ‘Sí, Ramón, esta lluvia…’. Me quito la chaqueta, la blusa pegada deja ver todo. Él traga saliva, se acerca. ‘Déjame ayudarte’. Sus manos en mis hombros, bajando despacio. Siento su aliento caliente en el cuello. Abro un poco el sujetador, tetas pequeñas pero firmes, pezones tiesos. Él gime bajito, ‘Qué bonitas…’. Silencio pesado, solo lluvia golpeando el cristal. Me pongo de pie, dejo caer la falda, braguita blanca empapada. Me siento en el sofá, piernas flexionadas como una sirena, ocultando el coño. Él, con pantalón hinchado, me mira embobado.
La tensión sube entre carpetas y miradas
‘¿Te gustan mis piernas?’, pregunto suave. ‘Sí…’. ‘¿Mis muslos?’. ‘Oh, joder, sí’. ‘¿Mis tetas?’. ‘Divinas’. Sonrío, abro el albornoz que me dio para secarme. Mi coño depilado, labios rosados hinchados, clítoris asomando como un corazoncito. Él jadea. ‘Ven, caliéntame’. Me siento a su lado, su mano sube por mi pantorrilla, roza rodillas, muslo. Mi nuca en su hombro, besa mi cuello, pelo húmedo rozándole la cara. Sus dedos aprietan tetas, pellizcan pezones. Respiro agitada, muerdo labio. Lo bajo al suelo, él se desabrocha, saca la polla: gorda, venosa, cabezona brillante de pre-semen.
Nuestras lenguas se enredan, saliva mezclada. Su mano en mi coño, húmedo ya, dedos resbalando en la raja, metiéndose en la concha chorreante. Clapotear de mis jugos. ‘Fóllame, Ramón, métemela hasta el fondo. Quiero tu polla gorda’. Con cara de ángel, pero puta: ‘Dame caña, trátame como una zorra’. Me pone a cuatro sobre el brazo del sofá, levrette. Coloca la verga en mi entrada, pero yo empujo atrás, empalándome de golpe. ¡Aaaah! Duele-placer, su pubis contra mi culo, polla clavada en el fondo. Empieza a bombear, fuerte, salvaje. ‘¡Sí, joder, fóllame duro!’. Cada embestida, chapoteo de coño inundado, tetas bamboleando, grito: ‘¡Más, cabrón, revuéntame la concha!’.
El polvo intenso y el regreso al curro
No aguanta, gruñe, me inunda de leche caliente, chorros profundos. Yo exploto, cuerpo arqueado, aullido ahogado. Sigo empalada, jadeando. Sale, mi coño abierto rezuma semen y crema mía. Se arrodilla, lame todo, lengua sorbiendo el mix divino. Otro orgasmo me sacude, piernas temblando. Me dejo caer, alucinada. ‘Joder, Ramón, me has follado como un animal’. ‘Rápido, pero brutal. ¿Contenta?’. ‘Sí, nunca tan bien. Contigo me suelto, eres… no sé, me fías’. Él ríe, ‘Viejo gordo, pero con polla que gusta’. Nos vestimos rápido, limpiamos jugos con kleenex.
De repente, timbra el teléfono interno: ‘Reunión en 5’. Corremos a nuestros sitios, dossiers abiertos, caras serias. Él carraspea, ‘Bueno, Laura, sigamos con el informe’. Yo asiento, coño palpitando aún, semen goteando en la braguita. Salimos como si nada, pero sé que mañana… más. Adrenalina pura, el riesgo de que nos pillen en la oficina me pone cachonda perdida.