Trabajo en una agencia de seguros en un pueblo cerca de Madrid. Llevo dos años aquí, lidiando con pólizas y clientes aburridos. Pero todo cambió cuando llegó Carlos. Treinta años, moreno, ojos que te desnudan. Tenía fama de tirarse todo lo que se movía. Las chicas del oficina cuchicheaban: ‘Es un máquina, polla enorme y aguanta horas’. Yo… bueno, soy de las que ama el riesgo. Me pone cachonda el peligro de que nos pillen.
Desde el primer día, nos cruzamos miradas. Él en su escritorio, yo en el mío, separados por pilas de dossiers. ‘Elena, ¿me pasas el expediente del señor López?’, me dice con esa voz grave. Le acerco los papeles, rozamos dedos. Uf, chispa. Siento el calor subir. Él sonríe, pícaro. ‘Gracias, guapa’. Durante la semana, la cosa escala. Charlas en la máquina de café. ‘¿Qué tal el finde?’, pregunta. ‘Sola, pero abierta a aventuras’, suelto yo, juguetona. Él ríe bajo. Nuestras rodillas se tocan bajo la mesa en reuniones. El jefe habla de ventas, y yo noto su mirada clavada en mis tetas bajo la blusa. Me mojo solo con eso.
La tensión sube entre los expedientes
Un martes, tarde. Oficina casi vacía, todos en casa. Estamos solos terminando informes. ‘Ven, ayúdame con esto en la sala de archivos’, me dice. Entro detrás. Puerta entreabierta, olor a papel viejo y polvo. Espacio estrecho, estanterías altas. Se acerca. ‘Elena, no aguanto más tus miradas’. Su aliento en mi cuello. Dudo, corazón a mil. ‘Carlos… ¿y si entra alguien?’. ‘Por eso mola’. Me besa, duro. Lenguas enredadas, saliva. Manos por todas partes. Me aprieta el culo contra él. Siento su polla tiesa, enorme, presionando mi vientre. ‘Joder, estás empalmado’, gimo.
El polvo brutal en la sala privada
Me gira, contra la mesa. Baja mi falda de un tirón. ‘Quítame las bragas’, ordeno, voz ronca. Él obedece, las arranca. Dedos en mi coño, ya chorreando. ‘Estás empapada, puta’. Meto mano en su pantalón, saco la verga. Gruesa, venosa, cabezona. ‘Mmm, qué polla más rica’. Me arrodillo, la chupo. Lengüetazos en el glande, trago hasta la garganta. Él gime: ‘Sí, cabrona, chúpamela bien’. Saliva por todos lados, bolas en la mano. Me pone de pie, me sube a la mesa. Piernas abiertas. ‘Fóllame ya’. Escupe en la polla, me la clava de un golpe. ‘¡Aaaah!’. Entra hasta el fondo, mi coño lo aprieta. Bombeos salvajes, mesa cruje. Tetazas rebotando, él las mama, pica pezones. ‘Más fuerte, joder, rómpeme’. Sudor, jadeos. Cambio: perrito contra estantería. Me agarra pelo, azotes en culo. ‘Toma polla, zorra de oficina’. Siento orgasmos venir, coño contrae. ‘Me corro… ¡sí!’. Él gruñe, saca, leche caliente en mi espalda. Chorros espesos.
Respiro agitada. ‘Hostia, qué pasada’. Nos miramos, sonrisas culpables. Limpiamos rápido: pañuelos, ropa en su sitio. Pelo revuelto, pero nos peinamos. ‘Como si nada’, dice él, guiño. Salimos. Él a su mesa, yo a la mía. Jefe llama: ‘¿Todo bien?’. ‘Sí, perfecto’, respondo serena. Mirada cómplice con Carlos. Adrenalina aún en venas. Nadie sospechó. Pero sé que repetiremos.