Mi polvo prohibido en la oficina: la adrenalina de follarme al jefe

Ay, mi hombre… Me despierto despacito, con su nombre en los labios. Mi hombre… Solo decirlo y mis tetas se ponen duras, mi coño se moja ya. Pero hoy no está, así que me revuelvo en la cama, perezosa. El roce de la sábana en mis pezones me pone a mil. Mi mano baja sola, entre las piernas, rozando el pubis… Y los recuerdos me invaden. Fue hace unas semanas, en la oficina. Dios, qué subidón.

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Trabajo en un bufete de abogados en Madrid, de secretaria. Él es mi jefe, unos 40, alto, con esa mirada que te desnuda. Llevábamos semanas con esa electricidad. Miradas cruzadas mientras clasificaba dossiers. Sus ojos bajando a mis tetas cuando me inclinaba sobre su mesa. ‘Carmen, ¿me traes el expediente ese?’, decía, y su voz ronca me erizaba la piel. Yo sonreía, mordiéndome el labio. ‘Sí, jefe, ahora mismo’. Pero hoy… hoy explotó.

La tensión subiendo entre escritorios

Era viernes tarde, la oficina casi vacía. Todos en la reunión de arriba. Nosotros solos en su despacho grande, con la puerta entreabierta. Ordenando papeles, me acerco mucho. Siento su aliento en mi cuello. ‘Joder, Carmen, hueles tan bien…’, murmura. Me giro, nuestras caras a centímetros. Sus manos en mi cintura. ‘Jefe, ¿y si nos pillan?’, digo yo, pero ya estoy mojada. Él ríe bajito. ‘Eso es lo que mola, ¿no?’. Me besa fuerte, lengua dentro, manos subiendo mi falda. El corazón me late a tope, adrenalina pura. Oímos voces lejanas, pero no paramos. Me empuja contra la mesa, papeles volando. Sus dedos en mi tanga, frotando mi clítoris. ‘Estás empapada, puta’, gruñe. Gimo suave, ‘Sí… fóllame ya’. El espacio se cierra, solo nosotros, el riesgo nos calienta más.

Me baja la blusa, chupando mis tetas duras. Mordisquea los pezones, duele un poco pero rico. Yo le desabrocho el pantalón, saco su polla gruesa, venosa, ya tiesa. ‘Mira qué pedazo de verga tienes’, digo, acariciándola. Él gime, ‘Chúpamela, Carmen’. Me arrodillo entre sus piernas, en la alfombra. La meto en la boca, profunda, saliva chorreando. La chupo fuerte, lengua en el glande, bolas en la mano. Él me agarra el pelo, follando mi boca. ‘Joder, qué buena garganta’. Oímos pasos fuera, nos paramos un segundo, riendo nerviosos. ‘Sigue, no pares’, susurra.

El clímax brutal y el regreso al curro

Me pone de pie, me da la vuelta. Falda arriba, tanga a un lado. Su polla roza mi coño chorreante. ‘¿La quieres?’, pregunta. ‘¡Sí, métemela toda!’, suplico. Empuja de golpe, llena mi chocho hasta el fondo. Grito ahogado, placer brutal. Me folla duro, cachetadas en el culo. ‘Tu coño aprieta como una virgen’, dice jadeando. Yo me muevo contra él, clítoris frotando la mesa. Cambiamos: me sube encima, yo cabalgo su polla, tetas rebotando. Sudor por todos lados, olor a sexo. Le meto un dedo en el culo mientras, él ruge. ‘¡Me corro!’, avisa. ‘Dentro, lléname de leche’. Eyacula fuerte, caliente, chorros en mi útero. Yo exploto, orgasmos sacudiendo, coño contrayéndose, jugos mezclados con su semen goteando.

Respiramos agitados. Rápido, nos recomponemos. Limpiamos la mesa con kleenex, papeles en su sitio. Me ajusto la falda, él el corbata. ‘Vuelve al trabajo, como si nada’, dice guiñando. Salgo, piernas temblando, coño palpitando con su corrida dentro. Vuelvo a mi escritorio, sonriendo. Nadie nota nada. Pero toda la tarde, sintiendo su semen escurrir, revivo el subidón. Mi hombre… Qué vicio el curro así.

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