Trabajo en una oficina grande en Madrid, rodeada de papeles, cafés fríos y esa rutina que me pone cachonda cuando algo pasa. Él se llama Reginald, un consultor africano que llegó hace un mes. Piel negra brillante, músculos que se marcan bajo la camisa, ojos que me desnudan cada vez que paso. Hoy, jueves, estamos solos en la sala de informes. Yo revisando dossiers, él al lado, tan cerca que huelo su colonia fuerte, masculina. Nuestras manos se rozan al pasar una carpeta… ups, digo yo, riendo nerviosa. Él sonríe, esa sonrisa blanca en su cara oscura, y me dice: ‘Cuidado, María, que me provocas’. Mi coño se humedece al instante. Bajo la mirada, pero sigo mirándolo de reojo. Sus piernas fuertes abiertas, el bulto en sus pantalones creciendo. ‘¿Qué miras?’, pregunta él, voz grave. ‘Nada… todo’, respondo yo, mordiéndome el labio. La oficina está casi vacía, fin de jornada. El jefe se fue temprano. Siento la adrenalina, el riesgo de que alguien entre. Me levanto para archivar unos papeles en la sala de atrás, y él me sigue. Cierro la puerta, no del todo, por si acaso. El espacio es estrecho, estanterías llenas de cajas, luz tenue. Nos miramos. ‘Ven aquí’, murmura él, agarrándome la cintura. Sus manos grandes, calientes, bajan a mi culo. Yo jadeo, ‘Reginald, ¿y si nos pillan?’. ‘Mejor, más excitante’, dice, y me besa. Boca hambrienta, lengua invadiendo mi boca, sabor a menta y hombre. Mis tetas se aprietan contra su pecho duro.
Ya no hay vuelta atrás. Sus manos suben mi falda, dedos gruesos rozando mi tanga empapada. ‘Estás chorreando, puta’, gruñe en mi oído. Me encanta que me hable así, crudo. Le bajo la cremallera, saco su polla negra, enorme, venosa, palpitante. Dios, el contraste con mi mano blanca… la acaricio, dura como hierro, goteando precum. ‘Chúpamela’, ordena. Me arrodillo en el suelo sucio, entre cajas. Abro la boca, la meto hasta la garganta, gimiendo. Slurp, slurp, saliva cayendo por mi barbilla. Él me agarra el pelo, folla mi boca fuerte. ‘Joder, qué buena boca tienes’. Yo me toco el coño por encima de la tanga, clítoris hinchado. Me pone de pie, me baja las bragas de un tirón. Dedos en mi coño, dos de golpe, chapoteando. ‘Tan apretado, para mi polla’. Me gira, contra la estantería, culo en pompa. Siento su glande enorme en mi entrada, resbaladizo. Empuja, despacio al principio. ‘¡Ahhh!’, grito bajito, estirándome alrededor de su verga gruesa. Me llena entera, tocando fondo. Empieza a bombear, fuerte, salvaje. Paf, paf, contra mi culo blanco. Sus bolas peludas golpeándome. ‘¡Fóllame más, negro!’, suplico, perdida. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo en una caja baja. Sus manos amasando mis tetas, pellizcando pezones. Subo y bajo, coño tragándosela toda, jugos por sus muslos. Él me chupa el clítoris mientras lo monto, lengua experta. Me corro primero, temblando, chillando ‘¡Me vengo!’. Él no para, me voltea a cuatro patas. Polla de nuevo dentro, martilleando. ‘Voy a llenarte de leche’, dice. Yo: ‘Sí, córrete dentro, joder’. Un último empujón brutal, siento su polla hincharse, chorros calientes inundándome el coño. Gime como animal, cuerpo sudado pegado al mío.
La tensión sube entre carpetas y miradas calientes
Nos quedamos jadeando, su semen chorreando por mis piernas. ‘Mierda, ha sido increíble’, dice él, besándome el cuello. Me limpio rápido con kleenex, subo la falda, arreglo el pelo. Él se mete la polla, aún semi-dura, cierra pantalón. Escuchamos voces fuera. ‘Vámonos como si nada’, susurro. Salimos por separado. Yo a mi mesa, cara roja, coño palpitando todavía. Él pasa, guiño: ‘Buenas noches, María’. Sonrío, profesional. Mañana, más dossiers, más miradas. Pero ahora sé lo que hay detrás. La adrenalina no para, quiero más riesgos.