Mi follada matutina en la oficina con mi compañero: adrenalina pura

Uf, acabo de volver del curro y aún me tiemblan las piernas. Trabajo en una oficina pequeña en Madrid, de secretaria, y hoy… joder, ha sido épico. Llegué temprano, sobre las diez, porque empecé el turno nuevo. Sebastián, mi compañero, el guapo ese que siempre me come con los ojos, había dormido en el sofá de la sala de descanso. Venía de una fiesta, el pobre. Suena mi alarma del móvil, una canción pop que retumba, y corro a apagarla desde la kitchenette. Él abre un ojo, medio dormido, y… ay, madre, su mirada baja directo a mi escote. Llevo un top blanco ajustado, sin sujetador porque hace calor, y mis tetas pesadas se marcan perfectas. Me agacho, y sé que ve todo: el nacimiento de mis pechos, duros ya por el aire fresco.

—Perdón, Seb, ¿te he despertado? —digo, sonriendo, mientras me enderezo despacio. Él parpadea, confuso.

La tensión sube entre carpetas y miraditas calientes

—Eh… ¿qué hora es? Joder, qué resaca…

Le digo que son las diez, que duerma más. Pero no, se revuelve en el saco de dormir improvisado. Y entonces lo pillo: su boxer hinchado, la polla tiesa como una barra. Uf, qué vergüenzón, pero qué morbo. Me doy la vuelta hacia la mesa del café, moviendo el culo a posta, mi falda corta sube un poco, sé que me mira el culo redondo y firme. Vuelvo a llamarlo una hora después, a las once y pico. Me arrodillo cerca, tetas casi en su cara otra vez.

—Venga, perezoso, levántate. Te necesito para revisar unos dossiers.

Se incorpora, pero se queda quieto. Su polla… dios, enorme, deformando la tela. Balbucea:

—Espera… dame un minuto, estoy… ya sabes.

¡Ja! Lo provoco:

—Venga ya, no seas crío. Sé cómo vais los tíos por la mañana.

Le tiro del brazo, riendo. Él resiste, pero empiezo a hacerle cosquillas. ¡Es su punto débil! Se retuerce, riendo a carcajadas, y zip, abro el saco. Sus piernas al aire, polla dura al aire libre. Silencio. Sus ojos en mi cara, rojos de vergüenza. Yo me muerdo el labio, mirándola: gruesa, venosa, el capullo rojo brillando.

—Joder, Seb… no te cortes. Está… impresionante.

Nos reímos, pero el aire está cargado. Desayuno rápido en la mesa, café humeante, sus ojos clavados en mis pezones duros bajo la blusa. Yo, en su paquete, que no baja. Se levanta a ducharse, dice que necesita calmarse. Yo lavo las tazas, culo meneándose, sabiendo que me espía.

La sala de descanso se vacía, todos en sus puestos. El baño unisex está al fondo, puerta entreabierta. Oigo el agua correr. Empujo la puerta, vapor everywhere. Él desnudo, bajo la ducha, mano en la polla, masturbándose lento. Sus huevos lisos, llenos, rodando en su palma. Gime bajito.

El polvo crudo e intenso que no olvidaré

—¿Necesitas ayuda? —susurro, cerrando la puerta.

Se gira, polla tiesa apuntando. No dice nada, me quito la blusa, tetas libres. Me acerco, agua caliente en mi piel. Le agarro la polla, dura como piedra, base gorda. La meneo fuerte, él gime:

—Joder, Marta… nos van a pillar…

—Calla, eso es lo que mola. —Me arrodillo, agua en la cara, pelo pegado. Abro la boca, chupo el capullo, lengua en el agujerito. Salado, pre-semen. Lo trago entero, garganta profunda, huevos en mi barbilla. Él me agarra el pelo, folla mi boca salvaje: plac, plac, saliva chorreando.

Me levanto, falda arriba, tanga a un lado. Coño empapado, labios hinchados. Él me empotra contra la pared, polla entrando de un empujón. ¡Aaaah! Llena, estira mi coño al límite. Me folla brutal: embestidas profundas, huevos golpeando mi culo. Agua resbalando, tetas botando. Le clavo uñas en la espalda.

—Fóllame más fuerte, cabrón… ¡sí!

Gime:

—Tu coño… aprieta tanto… me corro…

Acelera, polla hinchándose. Siento sus huevos tensos, chorros calientes llenándome. Yo exploto, coño convulsionando, jugos mezclados con agua. Temblores, mordiéndonos labios para no gritar.

Sale, semen chorreando por mi muslo. Nos miramos, jadeando. Rápido: nos secamos, visto a toda prisa. Salgo primero, pelo mojado como si lavé cara. Él dos minutos después, cara de póker.

—Buenos días, equipo —digo en la reunión, sonriendo. Nadie nota nada. Pero mi coño palpita aún, recordando su polla. Mañana… ¿repetimos?

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