Ay, chicas, os cuento esto como si estuviera aún jadeando. Trabajo en una oficina de import-export, yo soy Laura, 34 años, pelirroja con curvas que no pasan desapercibidas. Pelo corto, tetas grandes, culo redondo… y un marido en casa que folla como un muermo, programado y en misionero. Pero en el curro, con Angus, el subdirector de producción… uf, eso es otra historia. Él es bestia, dientes afilados, mano dura. Llevamos meses tonteando, miraditas por encima de los expedientes.
Hoy, viernes tarde, oficina casi vacía. Estamos solos en la sala de archivos, revisando facturas. Él se acerca demasiado, su aliento en mi cuello. ‘Laura, estos números no cuadran…’, dice, pero su mano roza mi cadera. Me pongo roja, el coño ya humedece. Le miro, ojos de fuego. ‘Pues arréglalos tú, cabrón’, susurro, mordiéndome el labio. Se ríe bajito, cierra la puerta con pestillo. Clic. Ya está, espacio privado. El corazón me late a mil, ¿y si entra alguien? Esa adrenalina me pone cachonda perdida.
La tensión sube entre miradas y papeles
Sus manos suben por mi falda, aprieta mi culo. ‘Joder, qué gorda estás aquí’, gruñe. Le empujo contra la mesa, pero él me gira, me baja las bragas de un tirón. ‘A cuatro, puta’, ordena. Me pongo de rodillas sobre los papeles, culo en pompa, tetas colgando. Siento su polla dura contra mis nalgas, gorda, venosa. Escupe en mi ojo del culo, mete el dedo. ‘Ahh… Angus, no…’, gimo, pero muevo el culo pidiendo más. Me da una cachetada fuerte, el culo arde. ‘Cállate, cerda. Esto es lo que quieres’.
Sale su verga entera, la frota en mi coño chorreante. Clac, clac, su vientre contra mis cachas. ‘¡Sí, fóllame fuerte!’, grito bajito. Me embiste como un toro, mis tetas rebotan, papeles vuelan. ‘Mi yegua, mi vaca lechera’, me llama, cachetazo tras cachetazo, el culo rojo fuego. Gimo como loca, el clítoris me palpita. Me revuelvo el botón, él mete el pulgar en mi culo. ‘¡Putada de mierda!’, chillamos juntos. Temblo, orgasmo brutal, él se arquea y me inunda el coño de leche caliente.
El polvo intenso y sin frenos
Caemos sobre la mesa, sudados, jadeando. Su mano acaricia mi culo aún caliente. ‘Nunca estuviste tan caliente, nena’. ‘Es que… quiero más’, digo riendo sucia. Su polla se endereza, la agarro, la meneo, la chupo como un helado, saboreando mi jugo y el suyo. ‘Venga, gordita, siéntate’, dice. Me monto a la inversa, pero en vez de coño, apunta al culo. ‘¡Angus, dijimos que no ahí!’. ‘Pero me guiña el ojo’. Empuja, duele rico, me abre el ano. ‘¡Joder, nooo!’, chillo, pero bajo despacio, empalada en su tronco. Me muevo, placer perverso, él me pinta las tripas de por detrás.
Uf, acabamos derrumbados, olor a sexo por todas partes. Minutos quietos, caricias perezosas. Luego, realidad: ‘Venga, hay que currar’. Nos vestimos rápido, bragas mojadas, falda arrugada. Él barre papeles, yo me peino. Abro la puerta, aire fresco. Salimos, él al taller, yo a mi mesa. Miraditas cómplices. Nadie nota nada, pero mi coño palpita aún. Mañana más, ese riesgo me flipa. ¿Pillados? Casi, pero valió cada segundo.