Trabajo en una oficina en el centro de Madrid, soy Laura, treinta y tantos, divorciada y con ganas de todo. Abierta al sexo, me flipa el riesgo en el curro, esa adrenalina de que te pillen. Pablo es el tío que me tiene loca: jefe de ventas, unos cuarenta, alto, moreno, con esa sonrisa que te moja el coño al instante. Dicen que se ha follado a media oficina, su mujer ni se entera. Siempre anda por ahí, coqueteando.
Hoy tarde, revisando expedientes en la sala de reuniones. Estamos solos, las luces bajas, el resto se ha pirado. Él se acerca demasiado, su rodilla roza la mía bajo la mesa. ‘Laura, qué bien hueles hoy’, me suelta, mirándome los tetas por encima de los papeles. Me río nerviosa, eh… gracias. Pero noto su mirada clavada, como si me desnudara. Siento el calor subiendo, mis pezones duros contra la blusa. Él se levanta, va a la puerta… la cierra con llave. Clic. El corazón me late fuerte. ‘¿Qué haces?’, pregunto, fingiendo sorpresa, pero ya sé. Se acerca, me pone la mano en el hombro, baja despacio al cuello. ‘Shh, solo un rato’, murmura. Su aliento caliente en mi oreja. Me estremezco. El espacio se hace íntimo, privado, solo nosotros y el olor a café viejo y su colonia fuerte.
La tensión sube entre carpetas y miradas
Sus dedos bajan a mi blusa, desabrochan el primer botón. Yo no paro, le miro a los ojos, mordiéndome el labio. ‘Pablo, si alguien entra…’, digo, pero él me calla con un beso duro, lengua dentro, saboreando mi boca. Me levanto, pegada a él, siento su polla tiesa contra mi vientre. Joder, qué dura. Le bajo la cremallera del pantalón, la saco: gorda, venosa, palpitando. ‘Mira lo que me haces’, gruñe. Yo me mojo ya, el tanga empapado. Me gira contra la mesa, sube mi falda, arranca el tanga de un tirón. Siento el aire frío en el coño abierto. Sus dedos entran, dos de golpe, follándome la entrada. ‘Estás chorreando, puta’, dice riendo bajito. Gimo, ‘Sí, fóllame ya’.
El polvo brutal e intenso sin filtros
Me empuja sobre los expedientes, papeles volando. Abre mis piernas, me lame el coño un segundo, lengua plana en el clítoris, me hace temblar. Luego se pone de pie, escupe en su polla y me la clava de una. ¡Joder! Llena, profunda, me parte en dos. Empieza a bombear fuerte, cachetazo tras cachetazo, sus huevos golpeando mi culo. ‘Toma, zorra de oficina’, jadea. Yo me agarro a la mesa, tetas fuera, brincando. ‘Más duro, cabrón’, le pido, arqueando la espalda. Cambia, me pone a cuatro patas en el suelo, alfombra áspera contra las rodillas. Me agarra el pelo, tira, y me taladra el coño sin piedad. Siento cada vena rozando mis paredes, el glande chocando el fondo. Orgasmo viene rápido, me corro gritando bajito, ‘¡Me vengo, joder!’. Él no para, sigue machacando, sudado, gruñendo. Me da la vuelta, piernas en sus hombros, me embiste viendo mi cara. ‘Mírame mientras te follo’, ordena. Otro orgasmo me sacude, coño apretando su polla como un puño. Él acelera, ‘Me corro, puta’, y me inunda de leche caliente, chorros dentro, goteando fuera.
Paramos jadeando, sudor pegajoso. Se retira, polla chorreando. Me limpia con su pañuelo, rápido. ‘Vístete, que viene gente’, dice serio, ya jefe otra vez. Yo me subo el tanga roto, abrocho la blusa, peino con los dedos. Papeles revueltos, los enderezamos. Abre la puerta, aire fresco. Salimos, él delante, yo detrás. En mi mesa, como si nada. ‘Buenas noches, Laura’, me dice profesional. Sonrío, ‘Igualmente’. Adentro, el coño palpita aún, semen resbalando. Mañana más.