Follada salvaje en la oficina con mi compañera y la nueva

Trabajo en una oficina en Madrid, de secretaria ejecutiva. Mi jefa, Laura, es una tía de 40 tacos, tetas grandes, culo redondo y siempre con faldas ajustadas que me ponen cachonda. Llevamos meses tonteando: miradas largas mientras revisamos expedientes, roces ‘accidentales’ al pasarnos carpetas. Hoy entró la nueva, Bea, 25 años, morena con ojos verdes, piernas interminables y una blusa que deja ver sus pezones duros. Eh… desde el primer café, noté cómo nos miraba a las dos.

Estábamos en mi mesa, apilando papeles para la reunión. Laura se inclinó sobre mí, su perfume dulce me invadió, y sentí su aliento en mi cuello. ‘Mira qué desorden, nena’, murmuró, rozando mi muslo con la rodilla. Mi coño se mojó al instante. Bea estaba al lado, fingiendo ordenar, pero sus ojos iban de mis tetas a las de Laura. ‘¿Necesitáis ayuda?’, dijo con voz ronca. Sonreí, nerviosa. La oficina bullía de gente, pero esa chispa… uf, era eléctrica.

La tensión sube entre los papeles y las miradas

De repente, Laura cerró la puerta de la sala de reuniones. ‘Venid, chicas, aquí acabamos esto en privado’. El corazón me latía fuerte, adrenalina pura. Sabía que en cualquier momento podía entrar alguien. Nos metimos las tres, pestillo echado. El espacio era pequeño: mesa grande, sillas, y ese olor a papel viejo mezclado con nuestro sudor nervioso.

Laura me empujó contra la mesa, sus labios en los míos, lengua dentro, chupando como loca. ‘Joder, te he deseado todo el día’, jadeó. Sus manos bajaron mi falda, palpando mi tanga empapada. Bea nos miraba, mordiéndose el labio. ‘No os cortéis por mí… me poneis calientes’. Laura la agarró por la cintura: ‘Entonces únete, puta’. Le arrancó la blusa, exponiendo unas tetas perfectas, pezones rosados y duros. Yo me quité la camisa, mis pechos libres, y lamí el cuello de Bea mientras Laura me metía dos dedos en el coño. ‘¡Ah, sí! Fóllame ya’, gemí bajito, miedo a que nos oyeran.

El polvo brutal y el regreso al curro como si nada

Laura se arrodilló, separó mis piernas y hundió la cara en mi chochito. Su lengua giraba en mi clítoris, chupando fuerte, sorbiendo mis jugos. ‘Sabe a miel, esta zorra’, gruñó. Bea se acercó, tetas en mi cara; las mamé, mordiendo los pezones hasta que chilló. ‘¡Joder, duele tan rico!’. Le metí la mano en la falda, encontré su coño rasurado, abierto y chorreando. Dedos dentro, tres, bombeando rápido. Ella se inclinó y lamió a Laura mientras la follaba con la boca.

Cambié posiciones: Laura en la mesa, piernas abiertas. Bea y yo nos turnamos en su coño maduro, hinchado y peludo. ‘¡Lamadme las dos, putas!’, ordenó. Mi lengua en su clítoris, la de Bea en su ano, lamiendo el culito apretado. Laura se retorcía, ‘¡Voy a correrme!’. Chorros de squirt nos salpicaron la cara. Luego, saqué el vibrador de mi bolso –siempre lo llevo–. Se lo clavé a Bea en el coño mientras Laura me comía el culo. ‘¡Entra todo, rómpeme!’, gritó Bea. El zumbido llenaba la sala, nuestros gemidos ahogados. Yo exploté primero: ‘¡Me corro, coño, aaaah!’. Laura nos hizo corrernos a las dos, frotando clítoris con dedos crueles.

Agotadas, sudorosas, con coños palpitantes y caras brillantes de fluidos. Nos miramos, riendo nerviosas. ‘Ha sido… brutal’, susurró Bea. Rápido: nos limpiamos con toallitas, ropa puesta, pelo arreglado. Laura abrió la puerta: ‘Vuelta al curro, chicas, como si nada’. Salimos, sonrisas inocentes, expedientes en mano. Nadie notó nada, pero mis bragas seguían húmedas todo el día. Esa adrenalina… quiero más.

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