Buf, acabo de salir del curro y aún me tiemblan las piernas. Soy Laura, trabajo en una consultora de Madrid, rodeada de papeles y tíos trajeados. Hoy ha sido… joder, inolvidable. Ese consultor nuevo, Pablo, llegó hace una semana. Alto, moreno, con esa sonrisa de lobo. Desde el primer día, nos miramos. Ehm… entre los expedientes, ¿sabes? Yo archivando carpetas, él pasando por detrás, rozándome el culo ‘sin querer’. ‘Perdón, Laura’, dice con voz grave. Y yo, puta, sintiendo el calor entre las piernas.
Al principio, disimulo. Pero hoy, en la sala de reuniones, solos revisando informes. La puerta entreabierta, el ruido de la oficina de fondo. Sus ojos en mis tetas, bajo la blusa blanca. ‘Estás distraída hoy’, me suelta, acercándose. Huelo su colonia, masculina, me pone a mil. Le miro la bragueta, ya abultada. ‘Tú también’, respondo, mordiéndome el labio. Nos reímos nerviosos. La tensión sube, joder. Sus manos en mi cintura, yo no me aparto. ‘Cierra la puerta’, le digo bajito, el corazón a mil por hora. Clic. Ahora es privado. Nuestras bocas chocan, lenguas enredadas, saliva. Sus dedos bajan mi falda, palpando mi tanga empapada. ‘Estás chorreando, puta’, gruñe. Yo le desabrocho el pantalón, saco esa polla gorda, venosa, palpitante. Dios, qué ganas.