¡Ay, Dios mío, aún siento el cosquilleo en la piel! Trabajo en una oficina enorme, de esas con fluorescentes fríos y jefes que no paran de dar por culo. Pero yo… yo soy una puta viciosa, me flipa el morbo del curro, el subidón de saber que en cualquier momento nos pillan. Ehhh, ayer mismo pasó lo del Pablo, el chaval nuevo, de veintidós añitos, con esa cara de inocente y polla que se marca en los pantalones.
Era tarde, pasadas las siete. Todos se habían pirado, solo quedábamos nosotros en la sala de archivos, rodeados de carpetas polvorientas. ‘Pablo, ayúdame con estos expedientes, ¿vale?’, le dije, rozándole el brazo. Él… uf, tragó saliva, sus ojos bajaron a mis tetas apretadas en la blusa. Yo notaba su mirada quemándome, y mi coño ya empezaba a mojar la braguita. ‘Sí, jefa… eh, claro’, balbuceó, agachándose a por una caja. Sus manos rozaron mis piernas al levantarse, accidental… o no. El aire se cargaba, olía a papel viejo y a su colonia barata mezclada con sudor.
La tensión subiendo entre carpetas y miradas
Nos miramos fijo, sin parpadear. ‘Hace calor aquí, ¿no?’, solté, desabotonándome un botón. Él se acercó, su aliento caliente en mi cuello. ‘Sí… mucho’. La puerta del archivador estaba entreabierta, pero la empujé para cerrarla del todo. Clic. Ahora éramos solo nosotros, el espacio se volvió nuestro. Sus manos temblorosas en mi cintura, yo le clavé las uñas en el pecho. ‘Shhh, no hagas ruido, cabronazo, que los de seguridad rondan’. El corazón me latía a mil, esa adrenalina que me pone cachonda perdida.
De repente, lo empujé contra las estanterías. ‘Quítate la camisa’, ordené bajito. Él obedeció, jadeando. Su pecho joven, suave, con pelitos finos. Yo me bajé la falda despacio, solo quedé en tanga y medias. ‘A cuatro patas, ahora’. Dudó un segundo… ‘¿Qué?’. ‘¡Hazlo, joder!’. Se puso, culo en pompa, polla ya dura asomando por el bóxer. Saqué mi laca del bolso –mi juguete secreto– y le di un azote en las nalgas. ¡Plas! Roja al instante. Gimió, pero se abrió más. ‘Chúpame el coño, perro’. Me senté en una caja, abrí las piernas. Su lengua torpe al principio, lamiendo mi clítoris hinchado, chupando mis labios mojados. Olía a mi excitación, salada, y él gemía como loco. ‘Más adentro, lame mi ano también… sí, así, cabrón’.
El polvo brutal en el despacho privado
No aguanté. Lo tiré al suelo, monté en su cara. Rebotaba, restregando mi coño empapado en su boca, ahogándolo en jugos. Él se tocaba la polla, gorda y venosa, cabezota roja. ‘No te corras aún, puta’. Me giré, 69 brutal. Su polla en mi garganta, profunda, hasta las arcadas. Chupaba sus huevos peludos, mordisqueaba el frenillo. Él me metía dos dedos en el coño, chapoteando, y el pulgar en mi culo apretado. ‘¡Joder, qué coño tan rico!’, gruñó. Me corrí primero, temblando, squirteando en su cara. ‘¡Ahora fóllame!’. Se puso de pie, me empotró contra la pared. Polla enorme entrando de un golpe, rompiendo mi coño. ¡Pum, pum! Golpes secos, mis tetas botando libres, pezones duros rozando su pecho sudoroso. ‘¡Más fuerte, rómpeme, hijo de puta!’. Él embestía como animal, huevos chocando en mi culo, mano en mi garganta. Sudor goteando, olor a sexo crudo llenando el aire. Le clavé uñas en la espalda, mordí su hombro para no gritar. ‘Me corro… ¡ahhh!’. Su leche caliente llenándome, chorros espesos, desbordando por mis muslos.
Uf… nos quedamos jadeando, pegados, semen chorreando. ‘Vístete rápido’, susurré, limpiándome con kleenex. Él se subió el pantalón, yo me puse la falda, blusa arrugada. Un beso rápido, sucio. ‘Como si nada, ¿eh?’. Salimos, luces tenues. Él a su mesa, yo a la mía. Minutos después, emails normales: ‘Expedientes listos, jefa’. Sonreí, coño aún palpitando. Nadie sospechó. Pero hoy… hoy lo miro y ya me mojo otra vez.