Estaba terminando la mañana en la oficina, rodeada de pilas de informes y el zumbido constante de los ordenadores. Carlos, el tipo del cubículo de al lado, no paraba de mirarme. Sus ojos… uf, me taladraban la nuca cada vez que me inclinaba sobre mi teclado. ‘Ey, María, ¿necesitas ayuda con eso?’, me dijo en voz baja, acercándose demasiado. Su aliento cálido en mi oreja, oliendo a café y algo más… masculino. Le sonreí, mordiéndome el labio. ‘Quizá sí, pero no con los papeles’. Él se rio bajito, y sentí su mano rozar mi muslo bajo la mesa compartida. Joder, el corazón me latía fuerte. La oficina medio vacía, la mayoría en la pausa del almuerzo. ‘Ven a mi despacho en cinco, tengo algo que enseñarte’, murmuró, guiñándome un ojo.
Entré en su cubículo privado, cerré la puerta con pestillo. El espacio era diminuto: escritorio, sillas, archivadores. Él ya estaba ahí, de pie, con la camisa desabotonada un poco, mostrando pecho. ‘He estado pensando en ti toda la mañana’, dijo, acercándose. Yo me apoyé en el borde del escritorio, cruzando las piernas para que viera mi falda subiendo. Nuestros labios se rozaron primero, suaves… luego salvajes. Lenguas enredadas, manos por todas partes. Le bajé la cremallera del pantalón, y ¡zas! Su polla saltó dura como una piedra, gruesa, venosa. ‘Joder, Carlos, estás empalmado de cojones’. Él gimió, metiendo mano bajo mi blusa, pellizcando mis pezones duros. ‘Tú eres la puta culpable, con esa falda tan corta’. El riesgo… dios, oí pasos fuera, voces lejanas. Adrenalina pura, coño chorreando ya.
La tensión sube entre papeles y miradas calientes
Me empujó contra la mesa, falda arriba, braga a un lado. ‘Abre las piernas, guarra’. Obedecí, jadeando. Su lengua primero en mi cuello, bajando… lamió mi coño depilado, chupando el clítoris como un loco. ‘Estás empapada, María… sabe a miel’. Gemí fuerte, tapándome la boca. ‘Cállate o nos pillan’, susurró, metiendo dos dedos dentro, follando mi chocho con ellos. Bombeaba rápido, curvándolos en mi punto G. Yo arqueé la espalda, uñas en su pelo. ‘Fóllame ya, no aguanto’. Se levantó, polla en mano, frotándola en mi entrada húmeda. ‘Pídemelo’. ‘Por favor… métemela toda’. Empujó de golpe, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, dios! Gruesa, dura, chocando mis paredes. Empezó a bombear, salvaje, mesa crujiendo. ‘Tu coño aprieta como una virgen, puta’. Yo clavaba talones en su culo, moviéndome a su ritmo. Sudor goteando, olor a sexo invadiendo el aire. Cambió posición: me puso a cuatro patas, polla entrando por detrás, nalgadas fuertes. ‘¡Sí, azótame! Más duro’. Follaba brutal, bolas golpeando mi clítoris. Orgasmos… primero el mío, explotando, chorros mojando todo. Él gruñó: ‘Me corro… dentro no’. Sacó, leche caliente en mi espalda, chorros espesos.
Jadeábamos, cuerpos pegajosos. Mirada rápida al reloj: pausa acaba en diez. ‘Rápido, vístete’. Limpié con kleenex su corrida, braga empapada puesta. Él se subió pantalón, corbata recta. ‘Ni una palabra, ¿eh?’. Sonreí, beso rápido. Salí primero, cara de póker, volviendo a mi sitio. Él dos minutos después, como si nada. Tarde normal: emails, reuniones. Pero bajo la mesa, su pie rozaba el mío. Sonrisas cómplices. Nadie sospechó. Adrenalina aún en vena, coño palpitando recordando su polla. Mañana… ¿repetimos?