Trabajo en una oficina de abogados, revisando expedientes todo el día. Carlos, mi jefe, alto, con esa barba de tres días que me pone… siempre al lado mío. Ayer, eh… estábamos solos en la sala común, apilados de papeles. Nuestras rodillas se rozaban bajo la mesa. Yo sentía su calor, joder. Levantaba la vista y sus ojos… clavados en mis tetas, medio asomando por la blusa. ‘¿Qué miras?’, le susurré, mordiéndome el labio. Él sonrió, pillo: ‘Nada que no quiera comerme’. El corazón me latía fuerte, el coño ya empezaba a humedecerse. Pasamos horas así, comentarios calientes disfrazados de trabajo. ‘Este caso es una puta mierda’, decía él, y su mano rozaba mi muslo. Yo no la apartaba. La adrenalina de que entrara alguien… uf, me volvía loca. Al final, no aguanté: ‘Vamos a la sala de reuniones, a ver unos documentos privados’. Él asintió, voz ronca: ‘Sí, jefa’. Cerramos la puerta, bajamos las persianas a medias. El espacio se volvió nuestro. Sus manos en mi cintura, yo contra la pared. ‘Te he deseado todo el día’, murmuró, besándome el cuello. Olía a colonia y sudor fresco. Mis pezones duros contra su pecho. ‘Shh, no hagas ruido’, le dije, pero ya le estaba desabrochando la camisa.
Ya dentro, todo explotó. Le bajé los pantalones de un tirón. Su polla saltó dura como una piedra, gorda, venosa, con la punta ya brillando de pre-semen. ‘Joder, qué polla más rica’, gemí, arrodillándome. La lamí desde la base, sintiendo el pulso en mi lengua. Él gruñó, agarrándome el pelo: ‘Chúpamela toda, puta’. La metí en la boca hasta la garganta, ahogándome un poco, saliva chorreando. Él me follaba la boca, empujando fuerte. ‘Para, que me corro’, jadeó. Lo paré, me puse de pie, me subí la falda. Sin bragas, claro. Mi coño depilado, chorreando, abierto para él. ‘Métemela ya’, le rogué. Me giró contra la mesa, me abrió las nalgas. Sentí su lengua en el culo primero, lamiendo mi ano, chupando como loco. ‘Qué ano más apretado’, dijo. Luego dos dedos en el coño, revolviendo mi humedad, salpicando. ‘Estás empapada, zorra’. Me penetró de golpe, su polla abriéndome entera. Dolor y placer, joder. Embestía brutal, la mesa crujía, papeles volando. Yo mordía mi puño para no gritar. ‘Más fuerte, rómpeme el coño’, susurraba. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo, tetas rebotando. Él me pellizcaba los pezones, me metía un dedo en el culo mientras me follaba. ‘Te voy a llenar de leche’, gruñó. Aceleró, sus huevos chocando contra mi clítoris hinchado. Yo me corrí primero, temblando, coño contrayéndose alrededor de su verga. Él no paró, me dio la vuelta, me puso a cuatro patas. ‘Ahora el culo’. Escupió en mi ano, empujó despacio al principio. Quemaba, pero lo quería. Entró entero, follándome el ojete sin misericordia. Sudor goteando, olor a sexo puro. ‘¡Sí, enculia a tu puta!’, chillé bajito. Se corrió dentro, chorros calientes inundándome el culo. Gemí como loca, otra corrida mía.
La tensión subiendo entre papeles y miradas
Jadeando, nos separamos. Semen chorreando por mis muslos. ‘Rápido, vístete’, dije, limpiándome con kleenex. Él se subió los pantalones, correa crujiendo. Nos miramos, sonrisas cómplices. ‘Como si nada’, murmuró. Abrí la puerta, aire fresco golpeándonos. Volvimos a nuestros sitios, expedientes en mano. ‘¿Seguimos con este?’, pregunté normalita, piernas temblando aún. Él asintió: ‘Claro, termina tú los detalles’. Nadie notó nada, pero yo sentía su mirada quemándome la espalda. Adrenalina total, el riesgo de ser pillados… ya quiero más. Mañana, quizás en el baño.