Uf, chicas, ayer en la oficina… no sé ni por dónde empezar. Soy Laura, 32 años, secretaria en esta empresa de mierda en Madrid. Adoro el riesgo, el subidón de follar donde no debo. Y con Javier, mi jefe de 55, casado y siempre bebiendo… pues explotó.
Estábamos solos, tarde, revisando expedientes en el archivo del fondo. Él había abierto una botella de whisky para ‘relajarnos’. Yo notaba sus ojos clavados en mis tetas, bajo la blusa ajustada. ‘Joder, Laura, qué bien te queda eso’, murmuró, con la voz pastosa. Yo sonreí, mordiéndome el labio. eeeh… ¿y si alguien entra? El corazón me latía fuerte.
La tensión sube entre carpetas y miradas calientes
Nos acercamos más, rozando brazos entre las estanterías polvorientas. Olía a papel viejo y a su colonia mezclada con alcohol. Sus manos temblaban al pasar páginas, y de pronto, me tocó la cintura. ‘Estás tensa, déjame ayudarte’, dijo, masajeándome el cuello. Ummm, sus dedos gruesos… me erizó la piel. Yo me giré, nuestras caras a centímetros. Sus ojos rojos de borracho, mi coño ya húmedo. ‘Javier, esto es… peligroso’, susurré, pero no me aparté.
El espacio se cerró. Apagó la luz principal, solo una bombilla tenue. Nos besamos como lobos, lenguas enredadas, su aliento a whisky. Me arrinconó contra los archivadores metálicos, fríos en la espalda. ‘Me tienes loco, puta’, gruñó, bajándome la falda. Yo jadeaba, palpando su polla dura bajo los pantalones. Éramos privados, pero la puerta sin cerrar… uf, la adrenalina me mojaba más.
Ya no había vuelta atrás. Le bajé el zipper, saqué esa verga gorda, venosa, con el capullo morado brillando de pre-semen. ‘Mira lo que me haces’, dijo, apretándome las tetas. Me arrodillé, el suelo duro en las rodillas, y se la metí en la boca. Chupé fuerte, lengua alrededor del glande, tragando hasta la garganta. Él gemía bajito, ‘joder, sí, trágatela toda’. Le mamaba con hambre, saliva chorreando, bolas peludas en mi barbilla. Pero quería más.
El polvo brutal y el final fingiendo normalidad
Me levantó, me puso contra la mesa, culos al aire. ‘Qué coño tan rico, depiladito y chorreando’, ladró, metiendo dos dedos. Me follaba la boca con ellos, luego lengua en mi clítoris hinchado. Lamer, chupar, mordisquear… arqueaba la espalda, ‘¡ahh, Javier, no pares!’. Mi jugo le empapaba la cara barbuda. Entonces, su polla contra mi raja. Empujó, ¡zas!, hasta el fondo. ‘¡Qué apretada estás!’, rugió, embistiéndome como un animal.
Pum, pum, polla entrando y saliendo, coño ardiendo, chapoteos húmedos. Le clavaba las uñas, ‘fóllame más duro, cabrón’. Cambiamos: yo encima, cabalgando esa verga gruesa, tetas rebotando. Él me pellizcaba los pezones, ‘vas a hacer que me corra’. Pero yo quería el culo. Cogí crema de la mesa –lubricante improvisado–, unté su polla. ‘Métemela por el ojete, despacio…’. Él dudó, ‘¿segura?’, pero empujó. Dolor-placer, ano estirado al máximo, ‘¡joder, qué culazo!’. Me sodomizaba salvaje, alternando coño-culo, dedos en mi clítoris.
‘¡Me corro!’, grité, orgasmo brutal, piernas temblando, squirt en sus bolas. Él embestía como loco, ‘toma mi leche, zorra’, y eyaculó dentro del culo, chorros calientes llenándome. Semen goteando, olía a sexo puro.
Jadeando, nos separamos. Rápido, limpiamos con kleenex, olores tapados con desodorante. Él se subió los pantalones, ‘uf, qué pasada, pero ni una palabra’. Yo arreglé la blusa, sonrisa pícara. ‘Volveremos a trabajar como si nada’. Salimos, luces normales, colegas aún en sus mesas. Nadie sospechó. Pero mi culo palpita aún… ¿repetimos mañana?