Uf, aún tiemblo al recordarlo. Trabajo en una oficina de abogados en el centro de Madrid, soy Lola, 35 tacos, con curvas que vuelven locos a los tíos. Y las tías, eh… soy abierta, me flipa el morbo del curro, ese pellizco en el estómago pensando que nos pillan. El otro día, con Carlos, mi compañero del archivo. Es un tío rudo, 40 años, manos grandes de obrero disfrazado de oficinista. Y Ana, la jefa, 45, tetas firmes y culo que pide guerra.
Estábamos en la sala común, apilando expedientes altos como torres. Carlos rozó su pierna contra la mía, casual, pero sus ojos… dios, me clavó la mirada. ‘Perdón, Lola’, murmuró, pero su sonrisa era puro fuego. Yo me mordí el labio, sentía mi coño humedecerse ya. Ana pasó por detrás, oliendo a perfume caro, y su mano rozó mi hombro. ‘Chicos, id a la sala de atrás, revisad los contratos viejos. Cerrad la puerta, que no moleste nadie’. Su voz ronca, un guiño rápido. El corazón me latía fuerte. Caminamos por el pasillo, oficinas abiertas, compañeros tecleando. Cada paso, adrenalina. Cerramos la puerta de la sala de archivos, polvorienta, con estanterías repletas. Luz tenue, olor a papel viejo y humedad.
La tensión sube entre escritorios y miradas
Nos miramos. ‘Joder, Lola, no aguanto más tus curvas’, soltó Carlos, voz grave. Dudó un segundo, pero yo ya le agarré la camisa. Sus labios en los míos, duros, urgentes. Manos por todas partes. Me levantó la falda, palpó mi tanga empapada. ‘Estás chorreando, puta’, gruñó. Le bajé el pantalón, su polla saltó fuera, gorda, venosa, cabezota hinchada. La apreté, palpitaba. ‘Chúpamela’, jadeó. Me arrodillé, olor a macho, lamí el prepucio, tragué hasta la garganta. Tosí un poco, saliva goteando. Él gemía bajito, ‘sí, así, zorra’. Me puso de pie, arrancó mi blusa, mordió mis pezones duros como piedras. Dolor placentero, uf.
El polvo brutal y la vuelta al curro como si nada
Me tumbó sobre la mesa fría, papeles crujiendo. Separó mis muslos, lengua en mi coño rasurado. Lamía el clítoris, chupaba mis labios hinchados, metía dedos gruesos adentro, chapoteo húmedo. ‘¡Oh, joder, Carlos! Más profundo’, supliqué, arqueando la espalda. Me corrí rápido, jugos en su barba, temblando. No paró. Se puso de pie, polla apuntando mi entrada. ‘Te voy a follar como una perra’, dijo. Empujó de golpe, me llenó entera. Gruñí, dolor y placer. Embestidas brutales, mesa temblando, choques de piel. ‘¡Más fuerte, rómpeme el coño!’, chillé bajito, mordiéndome la mano para no gritar. Sudor goteando, sus huevos golpeando mi culo. Cambió, me puso a cuatro patas, entró por detrás, mano en mi pelo tirando. ‘Tu coño aprieta como virgen’, jadeaba. Metió un dedo en mi culo, lubricado con mis fluidos. Doble penetración, me volví loca. ‘¡Córrete dentro, lléname de leche!’, supliqué. Aceleró, rugió, noté su polla hincharse, chorros calientes inundándome. Yo exploté otra vez, coño contrayéndose, piernas flojas.
Uf… nos quedamos jadeando, pegados, semen chorreando por mis muslos. Mirada rápida a la puerta, silencio fuera. ‘Joder, qué pasada’, murmuró él, besándome el cuello. Limpiamos rápido: kleenex para mi coño goteante, su polla reluciente. Me arreglé la falda, blusa arrugada. Él pantalón arriba. ‘Como si nada’, dije riendo nerviosa. Abrimos la puerta, pasillo vacío. Volvimos a nuestros sitios, Ana nos miró de reojo, sonrisa pícara. ‘¿Todo bien los contratos?’, preguntó inocente. ‘Perfecto’, contesté, coño aún palpitando, piernas temblorosas. Tecleé como una loca todo el día, recordando su polla dentro. Mañana… ¿repetimos? El curro nunca fue tan excitante.