Ay, chicas, aún me tiemblan las piernas recordándolo. Trabajo en esta oficina pija de Madrid, en un despacho enorme con vistas al Retiro. Soy Lola, secretaria del viejo don Federico, un médico retirado millonario, siempre delicado con la diabetes y la diálisis. Su hijo, Felipe, el niñato playboy, anda por aquí mandándolo todo, con su Ferrari descapotable y mano muerta. Y luego está Fátima, la nueva auxiliar, una negrita con culo de infarto que menea como loca y le calienta al viejo. Yo soy abierta, me flipa el morbo del curro, el riesgo de que nos pillen follando en la oficina.
Hoy, Felipe me llama a su despacho para ‘revisar dossiers’. Entro con las carpetas, él detrás de su mesa de caoba, piernas abiertas, mirada de depredador. ‘Siéntate, Lola, eh… tenemos que hablar de estos números’. Cierro la puerta, clic del pestillo, y ya el aire se pone denso. Me siento frente a él, falda lápiz subiéndose por los muslos, y noto sus ojos clavados en mis tetas, hoy sin sujetador, pezones marcando bajo la blusa. ‘Mira, Felipe, estos informes…’. Pero él se levanta, rodea la mesa lento, rozándome la rodilla con la mano. ‘Joder, Lola, siempre tan… profesional’. Su aliento caliente en mi cuello, huelo su colonia cara mezclada con sudor. Yo dudo, cruzo las piernas, pero el coño ya palpita. ‘Felipe, la puerta… alguien puede entrar’. Él ríe bajito, echa el pestillo doble. Ahora es privado, solo nosotros, el zumbido del aire acondicionado y carpetas olvidadas.
La tensión sube entre carpetas y miradas
Sus manos suben por mis muslos, abriendo piernas. ‘Cállate y déjame verte esa concha mojada’. Me baja las bragas de un tirón, dedos hurgando mi clítoris, ya hinchado. Gimo, ‘ehm… vale, pero rápido’. No, él no para. Me pone de pie, arranca blusa y falda, tetas al aire rebotando. Su polla sale tiesa como barra de hierro del pantalón, gorda, venosa, gota precumming en el capullo. ‘Chúpamela, puta de oficina’. Me arrodillo, boca abierta, lengua lamiendo el tronco salado, bolas pesadas en mi mano. La engullo hasta la garganta, arcadas, saliva chorreando. Él me agarra el pelo, folla mi boca brutal, ‘¡joder qué buena garganta tienes!’.
El clímax brutal y la vuelta al curro
Me levanta, me empotra en la mesa, papeles volando. Piernas abiertas, polla rozando mi entrada empapada. ‘¡Métemela ya!’. Embiste de un golpe, coño lleno, estirado al límite. ‘¡Ahhh, cabrón, rómpeme!’. Folla como animal, pellizcando pezones, cachetazos en el culo. Yo clavo uñas en su espalda, ‘más fuerte, fóllame el coño hasta correrme’. Cambia, me pone a cuatro, espejo del despacho reflejando mi cara de zorra. Polla entrando y saliendo, chapoteo de jugos, bolas golpeando mi clítoris. ‘¡Voy a llenarte de leche, Lola!’. Grito, orgasmo brutal, coño contrayéndose ordeñándole. Él ruge, chorros calientes inundando mi útero, semen goteando piernas.
Jadeamos, sudor pegajoso. ‘Joder, qué pasada’. Se aparta, polla chorreando, yo recogiendo bragas empapadas. ‘Vístete, que Fátima viene en cinco’. Me pongo la falda arrugada, blusa mal abotonada, pezones aún duros. Él se sube pantalones, sonrisa pícara. ‘Nadie sabrá, pero repito pronto’. Salgo, pasillo vacío, vuelvo a mi mesa como si nada. Dedos oliendo a sexo, coño palpitando con su corrida dentro. Don Federico me llama por intercom, ‘Lola, los cafés’. Sonrío, ‘ya voy, jefe’. Adrenalina pura, el morbo de la oficina me tiene enganchada.