Mi follada salvaje en los baños de la oficina: el olor de mi coño lo enloqueció

Me llamo Lucía, tengo 38 años, vivo sola pero follo con mi novio de toda la vida a medias. Todo estable, sexo correcto, pero… eh, últimamente me pica el gusanillo de lo prohibido. En la oficina, brujo el rollo. Adoro el subidón de casi pillarnos.

Ese día, primavera calurosa, jupe ceñida pero nada del otro mundo. Sentada al lado de Ramón, mi compañero de 48, calvo, feo, con chistes de mierda. Trabajando un dossier jodido. Noto sus ojos clavados en mis piernas. ‘Qué fuerte huele a coño, joder, me lo comía ya’, me susurra cuando sale el otro. Me quedo tiesa. ¿Qué coño? Me levanto tarde, no me lavé bien la concha esa mañana. Huele un poco, sí, pero… uf. Vuelve el colega, sigo en babia. Él, tan pánfilo, trabajando normal.

La tensión subiendo entre papeles y miradas

Guarda el archivo. ‘Ya está, Lucía’. Me piro a los baños, me bajo las bragas. Sí, huelen fuerte, salado, ácido. Me mosqueo.

Tres días después, máquina de café, solos. Pasa rozándome: ‘Este perfume de puta barata me revuelve’. Se larga. Me hierve la sangre. ‘Gilipollas’, pienso. Pero… ¿por qué me excita un poco? Ese cabrón ringardo, casado, incompetente. Casi se lo cuento al jefe, pero nah, tontería.

Calorazo. Vuelvo del súper en bus, huelo mi coño. Sudada, sin lavarme del todo. Abro el bolso, veo el perfume… y pienso: ¿lo pillará otra vez? Locura. Entro en su despacho: ‘Ramón, el dossier de Vernaud no abre’. Me acerco mucho. Él mira la pantalla, yo casi encima. Abre el archivo y escribe: ‘¡Hummm! Qué aroma a coño jugoso. Mi oferta sigue en pie. En 5 min, baños minusválidos, planta 1’.

Me pongo roja. ‘¿Qué tal?’. Se levanta y se va. Temblo. ¿Ir? No, traiciono a mi chico. Pero escribo: ‘Estás loco’. Vuelvo con los demás, a salvo.

El polvo brutal en los baños

Al día siguiente, post-it en el dossier: ‘Te esperé. Si te animas, avisa’. Me come la cabeza. Noches con mi novio, huelo mi raja, él no dice nada pero no me lame. Me corro sola pensando en Ramón oliéndome.

Un día no me ducho. Dedos en el coño, huelo: ¡puf! Fuerte, como marisco podrido. En el bus, paranoia, todos me huelen. Llego, Ramón de viaje. Lo espero toda la tarde. Al final, ascensor: ‘Ramón… eh, lo de la otra vez… vale’. Tiemblo. ‘Deja que deje las cosas. 15 min’. Subo a los baños, puerta entreabierta. Media hora. ¿Me la pega? Llego el tío, cierra.

Renifla fuerte: ‘Coño ácido total, Lucía. Ven’. Se sienta en la taza, mete la cabeza entre mis muslos, huele por la falda. ‘Joder, esto es coño puro, marea baja’. Me baja la falda, bragas empapadas. Las olfatea, lame el tanga, chupa la tela. Me mojo más. Ecarte las bragas, lengua en mi raja abierta. ‘Quieta’. Me tumba en el suelo frío, piernas abiertas. Me come el coño como un lobo: lengua dentro, chupando clítoris hinchado, labios en mis labios. ‘¡Ahh, Ramón! Fóllame ya’. No, solo lame. Voraz, succiona jugos, muerde suave. Me corro una, dos, tres veces. Coño hinchado, rojo, palpitando. Le pido polla, ruegos: ‘Métemela, por dios’. Nada, solo lengua profunda, nariz en mi pubis oliendo.

Son las nueve. Se levanta, espejo, corbata. Yo jadeante en el suelo, coño ardiendo, queriendo su verga gorda. ‘Este finde, sin ducha. Coño apestoso el lunes, dossier Vernaud’. Se va. Me visto temblando, piernas flojas. Bajo, mesa, trabajo normal. Él pasa: ‘Buenas noches’. Como si nada. Adrenalina pura. Ahora soy su puta del olor.

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