Mi follada prohibida en el parking de la oficina: me masturbé para mi compañero

Hola, soy Carmen, tengo 34 años y trabajo de administrativa en una oficina enorme de Madrid. Eh… todo empezó hace unas semanas con Javier, el del marketing. Alto, moreno, con esa sonrisa que te moja las bragas al instante. Al principio, mails inocentes sobre informes… pero pronto se pusieron calientes. ‘Imagino tu coño depilado bajo esa falda’, me escribió un día. Uf, sentí un calor en el vientre que no paraba.

En las reuniones, nos mirábamos. Sus ojos clavados en mis tetas, yo cruzaba las piernas apretando los muslos. El jefe hablando de ventas, y yo pensando en su polla dura. ‘¿Qué tal si bajas al parking en la pausa?’, le mandé por WhatsApp. ‘Tu coche. Puertas cerradas. Solo mirar’. Dudó dos segundos: ‘Joder, Carmen, vas en serio’. Mi corazón latía fuerte, el riesgo de que nos pillen… eso me ponía a mil.

La tensión subiendo entre papeles y miradas

Bajé primero, nerviosa, sudando un poco. Me subí la falda hasta las caderas, sin bragas, claro. Mis labios ya hinchados, húmedos. Encendí el móvil en altavoz. ‘Estoy aquí, Javier. Sal de la oficina y ven’. Él bajó rápido, lo vi por el retrovisor. Golpeó suave el cristal trasero. ‘Abre, puta’, susurró. ‘No. Mira nomás’. El espacio del parking era nuestro secreto, luces tenues, olor a gasolina y mi excitación flotando.

Empecé despacio. Saqué una pierna por la ventanilla entreabierta, tacones altos negros, ligas sujetando las medias. ‘Tócate la pierna, como si fuera mi lengua’, ordenó con voz ronca. Deslicé las uñas por el gemelo, subiendo… la piel erizándose. Gemí bajito: ‘Mmm, Javier…’. Él se desabrochó el pantalón fuera, sacó esa polla gruesa, venosa, ya goteando precum. La frotó contra el cristal, dejando manchas.

El polvo brutal a través del cristal

Abrí la blusa, sujetador negro push-up. Pellizqué mis pezones duros, rosados, tirando hasta doler un poco. ‘Joder, qué tetas más ricas’, gruñó él. Bajé la mano al coño, abierto, chorreando jugos por los muslos. Metí un dedo, luego dos, chapoteando. ‘Mira cómo me follo para ti… mi clítoris hinchado, rojo’. Él pajeaba furioso, la polla palpitando contra el vidrio, huevos apretados. Nuestros gemidos rebotaban en el parking vacío, pero… ¿y si subía alguien?

Me puse a cuatro patas en el asiento, culo contra el cristal. Abrí las nalgas, mostrando el ano rosado y el coño empapado. ‘Lámeme el culo con los ojos’, jadeé. Enfoqué dos dedos en el clítoris, frotando rápido, el placer subiendo como lava. ‘¡Me corro, Javier! ¡Ahhh!’. Espasmos me sacudieron, chorros calientes salpicando el cuero del asiento. Él no aguantó: ‘¡Toma mi leche, zorra!’. Eyaculó grueso, blanco, pegándose al cristal en chorros. Yo me giré, lamí el vidrio simulando tragar su semen, salado en mi mente.

Jadeando, nos miramos. Sonrisas culpables. ‘Vístete rápido’, dijo él, limpiándose con un pañuelo. Me puse la falda, blusa, como si nada. Salí del coche, piernas temblando. Subimos al ascensor juntos. ‘¿Viste el informe de ventas?’, preguntó casual, como si no acabáramos de correros. Yo reí bajito: ‘Sí, perfecto… igual que tu polla’. En la oficina, cruces de miradas, secreto nuestro. Adrenalina pura, volviendo a los escritorios como buenos empleados. Pero ya planeamos la próxima.

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