Estaba feliz, joder. Por fin un tío me miraba con deseo de verdad. Bueno, lucida estoy, sé que era por el escote profundo que llevo siempre en la oficina. Mis tetas grandes lo volvían loco. Eh… no soy una belleza de portada, pero qué más da. Notaba sus ojos clavados en mi blusa, mientras revisábamos expedientes juntos. Él, el nuevo becario, Pablo, de 22 años, frustrado sexualmente, lo veía en su cara. Joven, con hormonas a tope, pero solo en esa mierda de curro de oficina.
Trabajábamos en el archivo, rodeados de papeles. Nuestras manos se rozaban al pasar carpetas. ‘María, ¿me pasas ese?’, decía con voz ronca. Yo sonreía, inclinándome más, dejando ver más carne. Él tragaba saliva. ‘Joder, Pablo, estás sudando’, le picaba yo. Silencio. Miradas que quemaban. Sentía mi coño humedecerse ya. Adoro esa adrenalina, el riesgo de que nos pillen.
La tensión sube entre los expedientes y las miradas
De repente, me dice: ‘Oye, María, ¿vamos a la sala de reuniones? Está vacía, mi jefa me dijo que la usara para… revisar solos’. Mi corazón latió fuerte. ‘Vale, vamos’. Cerró la puerta con llave. El espacio era nuestro. Privado. El aire cargado de tensión.
‘Pablo, lo de la otra vez… cuando te pillé mirándome el culo en la fotocopiadora, me puso cachonda’, le solté. Él se sonrojó. ‘Perdona, María, es que… estoy tan reprimido. Me pajeo tres veces al día pensando en ti’. Hesité un segundo. ‘¿Ah sí? Muéstrame’. Bajó la cremallera lento. Su polla salió flácida, sobre los huevos peludos. La cogió con dos dedos, empezó a pajearse. Se ponía dura, gorda, venosa. El glande brillaba de precúm.
Me arrodillé. Olía a macho. ‘Déjame ayudarte’. Puse mi mano sobre la suya, sentí el calor, el pulso. Aceleré. Él gemía bajito: ‘Joder, María… qué bien’. Cuando vi que iba a correrse, quité su mano. La mía sola. Chorros calientes de lefa salpicaron mi blusa. ‘¡Hostia, qué rico corres!’. Me miró: ‘¿Te ha molado?’
El acto salvaje y la vuelta a la rutina
‘Sí, cabrón, me has puesto el coño a reventar’. Me levanté, me quité la falda. Mis piernas gorditas, mi culo celulítico… pero él no paraba de mirar. Mi tanga empapada, transparente, marcando los labios hinchados. ‘Mira cómo estoy’. Me la arranqué, abrí las piernas. Mi coño peludo chorreaba. Con dos dedos separé los labios, mostré el agujero rosado, el clítoris duro como una piedra. Metí un dedo, saqué jugos, unté el botón. Me masturbaba frenada, tetas fuera, pellizcándome los pezones duros.
Su polla revivió al instante. ‘Pablo, fóllame’. Me encaramé a él en la silla, espalda contra su pecho. Agarré esa verga tiesa, la apunté a mi coño. Me dejé caer. ¡Zas! Entró hasta el fondo, rompiéndome de placer. Grité ahogada. Dolor y gozo. Cabalgué salvaje, subiendo y bajando, chapoteos húmedos. Sus manos en mis tetas, apretando. ‘¡Más fuerte, puta!’, gruñía él. Sentí su polla palpitar, jets de semen caliente me llenaron el útero. Toqué mi clítoris y exploté, temblores, jugos por sus huevos.
Nos quedamos jadeando. Lágrimas de emoción. ‘María, eres una diosa’, murmuró besándome. Limpiamos rápido: kleenex para el semen, ropa en su sitio. ‘Vuelta al curro, como si nada’, dije riendo nerviosa. Salimos. Él a su mesa, yo a la mía. Miradas cómplices. El jefe pasó, ni se enteró. Adrenalina pura. Quiero más.