Buff, aún me tiemblan las piernas recordándolo. Trabajo en una oficina cutre del centro, rodeada de escritorios, pilas de dossiers y ese aire acondicionado que siempre falla. Todos los días, Pablo está ahí, enfrente. Alto, con esa barba de tres días, ojos oscuros que me traspasan. No es mi jefe, solo un compañero de marketing, pero joder, cómo me pone.
Desde hace semanas, las miradas. Mientras revisamos informes, sus ojos se clavan en los míos por encima de las carpetas. Yo finjo leer, pero siento su calor. ‘¿Todo bien con ese dossier?’, me dice con voz grave, y yo… ‘Sí, sí, perfecto’, balbuceo, cruzando las piernas porque ya noto la humedad. Él sonríe de lado, como sabiendo. La oficina bulle de gente, teléfonos sonando, pero entre nosotros, electricidad.
La tensión subiendo entre papeles y miradas
Hoy, viernes tarde. Todos se largan temprano por el puente. Quedamos solos terminando un proyecto. ‘Venga, Marta, cierra la puerta de la sala de reuniones, que nadie nos moleste’, dice él. Cierro. El clic del pestillo suena fuerte, como un disparo. Nos sentamos en la mesa larga, dossiers por medio. Nuestras rodillas se rozan. ‘Pablo… esto…’, empiezo, pero él se acerca. Su mano roza mi muslo bajo la falda. ‘Shh, ¿no sientes lo mismo?’, murmura. Asiento, el corazón a mil. Sus labios rozan los míos, tentative al principio. Luego, beso hambriento. Lenguas enredadas, su saliva dulce con gusto a café. Me sube la falda, yo le desabrocho la camisa.
Ya no hay dossiers que valgan. La sala es nuestra, privada, pero con el riesgo de que entre alguien. Esa adrenalina me enciende más. ‘Joder, Marta, estás empapada’, gruñe palpando mi tanga. La arranca de un tirón. Yo le bajo los pantalones, su polla salta dura, gruesa, venosa. La agarro, masturbo fuerte. Él gime, ‘Sí, así, cabrona’. Me pone de pie, me dobla sobre la mesa. Siento su glande en mi coño, rozando los labios hinchados. ‘Fóllame ya’, le suplico. Empuja, entra de golpe. Llenándome entera, estirándome. Grito bajito, mordiéndome el labio.
El polvo brutal y el regreso al curro
Empieza a bombear, salvaje. Pla-pla-pla contra mi culo. Sus huevos chocan en mi clítoris, cada embestida un rayo. ‘Tu coño es una puta gloria, tan apretado’, jadea. Yo me arqueo, empujando hacia atrás. ‘Más fuerte, Pablo, rómpeme’. Cambiamos: me sienta en la mesa, piernas abiertas. Él se arrodilla, mete la lengua en mi raja. Lamidas largas, chupando el clítoris hinchado. Dos dedos dentro, curvados en mi punto G. Me corro rápido, chorros mojando su barbilla. ‘¡Dios, qué puta delicia!’, grito temblando.
No para. Me baja, me pone a cuatro patas en el suelo. Polla de nuevo adentro, follada brutal. Agarra mis tetas, pellizca pezones duros. Sudor goteando, olor a sexo llenando la sala. ‘Me voy a correr’, avisa. ‘Dentro, lléname’, le ruego. Acelera, gruñe como animal. Siento su leche caliente explotando en mi coño, chorros potentes. Yo exploto otra vez, coño contrayéndose ordeñándolo. Nos quedamos jadeando, pegados.
Minutos después, realidad. ‘Joder, Pablo, mira la hora’. Nos vestimos a prisa. Tanga rota en la basura, falda arrugada. Limpiamos la mesa rápida, dossiers en orden. ‘Como si nada’, digo riendo nerviosa. Él me guiña: ‘Mañana más’. Salimos, luces apagadas. En mi escritorio, finjo teclear. Corazón aún latiendo fuerte, coño goteando su semen. Nadie sospecha. Pero yo… ya ansío el lunes.