Ay, chicas, ¿os imagináis follar en la oficina con alguien mirando y sacando fotos? Pues yo lo hice la semana pasada. Trabajo en una gestoría en Madrid, papeleo hasta las tantas. Carlos, mi compañero de al lado, y yo llevamos meses tonteando. Miradas que queman, roces ‘accidentales’ al pasar carpetas. Él, con esa sonrisa pícara, y yo… joder, me pongo cachonda solo de recordarlo.
Un día, en el chat interno, le suelto: ‘Oye, ¿y si pedimos a alguien discreto que nos haga fotos mientras follamos? Para el morbo’. Él flipa, pero accede. Contactamos a Miguel, el informático, cuarentón callado, voyeur confeso. ‘Solo fotos, nada de tocar, ¿eh?’, le advertimos por WhatsApp. ‘Trato hecho’, responde. Reserva una sala de reuniones vacía después del horario, con la puerta echada llave. El corazón me late fuerte, ¿y si nos pillan?
La tensión sube entre carpetas y miradas calientes
Llegamos los tres. La sala huele a café rancio y tinta de impresora. Carlos cierra la puerta, clic del pestillo. Miguel se pone en una esquina con el móvil en modo silencioso. Nos sentamos en la mesa grande, yo con falda lápiz negra, blusa blanca ajustada, sin sujetador. Carlos me mira, ojos hambrientos. ‘¿Lista?’, murmura. Asiento, las piernas ya temblando. Empieza a besarme el cuello, suave, mordisquitos que erizan la piel. Echa mis rodillas a un lado, mi falda sube poquito a poco. Flash. Bajo el tanga negro asoma, húmedo ya.
Le miro a Miguel, desafiante, y abro más las piernas. ‘¿Te gusta?’, le digo bajito. Él traga saliva, asiente, retrocede para framing. Carlos me besa la boca ahora, lenguas enredadas, jugosas. Su mano sube por mi muslo, roza el interior, calor subiendo. Llega al coño, dedo índice aparte los labios, estoy empapada. Gimo suave, ‘mmm… sí’. Sube la falda hasta la cintura, blusa desabotonada lenta, botón a botón. Tetas libres, pezones duros como piedras. Flash, flash.
Yo le quito la camisa, pantalón abajo. Su polla salta, tiesa, venosa. La agarro, masturbo fuerte, arriba abajo. ‘Quítate la ropa tú también, Miguel, y pajea’, dice Carlos. Miguel obedece, polla larga y fina, ya goteando. Yo miro embobada mientras me desnudo del todo, coño al aire, depilado, labios hinchados.
El acto brutal: pollas duras, coños mojados y corrida en la boca
Olvidamos las fotos. Me pongo a cuatro sobre la mesa, Carlos me lame el coño, lengua plana lamiendo clítoris, chupando jugos. ‘Joder, qué rico’, gimo. Saco un vibrador del bolso, grande, lo meto yo misma, entra fácil, chapotea. Él se pone de pie, polla en mi boca. Mamada profunda, saliva chorreando, bolas en la mano.
Le susurro a Carlos: ‘¿Y si le mamo a Miguel? Mira qué polla tan bonita, dura como piedra’. ‘No era el plan…’, duda. Silencio. ‘Venga, por mí’. Otro silencio. ‘Vale, pero tú la metes en mi boca y le pajeas’. Carlos flipa. ‘¿Tú qué dices, Miguel?’. ‘Sí, joder, sí’. Se acerca, rodillas flexionadas. Carlos agarra su polla caliente, la mete entre mis labios. Sabor salado, venoso. Él la pajea, y mete la suya en mi coño, embiste fuerte, plaf plaf.
Yo pongo mano en su nuca, bajo su boca. Lengua mía, lengua suya, polla de Miguel dentro. Primera vez bi para él. Miguel eyacula de golpe, leche caliente en mi boca, chorros potentes, algo en la de Carlos. Él no aguanta, se corre dentro, llenándome el coño, semen caliente goteando.
Descansamos jadeando, sudor pegajoso. Limpiamos con kleenex, rápido. Volvemos a vestirnos, pelo en su sitio. ‘Hasta mañana’, dice Miguel, fotos enviadas por WhatsApp. Carlos y yo salimos, luces del pasillo encendidas, compañeros aún trabajando. Corazón a mil, ¿nos habrán oído? Al día siguiente, reunión normal, sonrisas cómplices entre carpetas. Nadie sospecha. Pero yo… sigo húmeda recordándolo.