Trabajo en una oficina cutre en el centro de Madrid, rodeada de mesas llenas de papeles y jefes estirados. Hoy… uf, hoy fue uno de esos días que no se olvidan. Marcos, mi compañero del departamento de contabilidad, ese tío alto, con barba de tres días y ojos que te desnudan sin decir nada. Desde hace semanas nos lanzamos miradas. Mientras clasificamos facturas, sus ojos se clavan en mis tetas, en mi culo cuando me agacho a por un dossier. Yo… bueno, yo le devuelvo la jugada, mordiéndome el labio, abriendo un poco las piernas bajo la mesa. El aire se carga, ¿sabes? Ese calor que sube por la piel, el corazón latiendo fuerte.
Era viernes por la tarde, la oficina medio vacía. ‘Eh, María, ¿me ayudas con estos archivos en la sala de atrás?’, me dice con voz baja, casi ronca. Asiento, sintiendo ya la humedad entre las piernas. Entramos, cerramos la puerta, pero no con llave, joder, el riesgo… eso me pone a mil. Nos quedamos solos entre estanterías llenas de carpetas polvorientas. Él se acerca, demasiado cerca, huelo su colonia mezclada con sudor. ‘No aguanto más mirándote’, murmura, y su mano roza mi cintura. Yo tiemblo, ‘Marcos… ¿y si entra alguien?’. Pero mis manos ya van a su camisa, desabotonando. Nuestros labios chocan, besos húmedos, lenguas enredadas. Siento su polla dura contra mi tripa, enorme, palpitando. Le aprieto el paquete por encima del pantalón, ‘Joder, qué dura está’. Él gime, me empuja contra la pared, manos en mis tetas, pellizcando los pezones por la blusa. El espacio se hace íntimo, privado, aunque oímos voces lejanas. Adrenalina pura, coño.
La tensión subiendo entre los papeles y las miradas
Ya no hay vuelta atrás. Me baja la falda de un tirón, bragas al suelo. ‘Mira cómo estás de mojada, puta’, dice riendo bajito, metiendo dos dedos en mi coño chorreante. Gimo fuerte, ‘Sí… fóllame ya, no pares’. Le bajo los pantalones, su polla salta libre, gruesa, venosa, con la punta brillando de pre-semen. Me arrodillo un segundo, la chupo voraz, lengua alrededor del glande, tragándomela hasta la garganta. Él agarra mi pelo, ‘Joder, qué boca, María’. Pero quiere más. Me pone de pie, me gira, manos en la pared, culo en pompa. Siento la punta en mi entrada, resbaladiza. ‘¿Lista?’, pregunta. ‘¡Dale ya, cabrón!’, grito ahogada. Empuja de golpe, toda la polla dentro, llenándome hasta el fondo. Duele un poco, pero es placer puro. Empieza a bombear, fuerte, salvaje, piel contra piel sonando en la sala. ‘Tu coño aprieta como una virgen’, gruñe, una mano en mi clítoris frotando rápido. Yo me corro primero, temblando, jugos bajando por las piernas, ‘¡Me vengo, joder!’. No para, me folla más duro, bolas golpeando mi culo. Cambiamos, me sube a una mesa, piernas abiertas, él de pie clavándomela profunda. Sudor goteando, tetas rebotando, mordiéndome el cuello. ‘Voy a llenarte el coño de leche’, jadea. Asiento loca, ‘Sí, córrete dentro’. Un par de embestidas brutales y explota, chorros calientes inundándome, gimiendo mi nombre. Yo me corro otra vez, uñas en su espalda.
Uf… paramos jadeando, polla saliendo con un ‘pop’, semen chorreando de mi coño. Nos miramos, riendo nerviosos. ‘Ha sido… increíble’, dice él limpiándose. Yo cojo kleenex, me limpio rápido, subo bragas, falda. ‘Venga, como si nada’, susurro, peinándome. Salimos por separado, él primero. Vuelvo a mi mesa, cara seria, tecleando como una loca. Nadie nota nada, solo un poco sonrojada. Él pasa, guiño disimulado. El resto del día normal, pero con el coño palpitando y la sonrisa escondida. Mañana… quién sabe. El riesgo me ha enganchado.