Ay, chicas, no os podéis imaginar lo que me pasó ayer en el curro. Soy la responsable de formación aquí en la oficina, y teníamos una sesión con Pablo, el formador ese que pone cachonda a medio mundo. Durante el curso, vi cómo las dos tías, María y Elodie, se pasaban unos kleenex con su leche… Sí, el tío se había corrido discretamente bajo la mesa. Elodie, la muy puta, se empezó a tocar entre las piernas, balanceándose en la silla, con los ojos en blanco. La pillé masturbándose a través del pantalón, chupando el boli como si fuera su polla. Me mojé solo de verla.
Al final de la sesión, lo llamé a mi despacho. ‘Pablo, ven un momento, quiero hacer un punto sobre las chicas’, le dije, pero ya sabía lo del parking del restaurante. Las había visto follando en el coche a mediodía, desde mi ventana. Ella de rodillas chupándosela, él con la cabeza entre sus muslos. Me excité tanto que me toqué viéndolos. Ahora, él entraba, traje impecable, pero yo notaba la burbuja de tensión. Cerré la puerta. ‘Siéntate’, le dije, levantándome para saludarlo. Mi vestido floreado ligero, por encima de la rodilla, se movía con cada paso, rozando mis muslos.
La tensión subiendo entre miradas y expedientes
Hablamos de la formación, bla bla, pero mis ojos bajaban a su entrepierna. ‘¿Tienes algo especial con las alumnas?’, le solté. Se puso nervioso, pero yo seguí: ‘El parking no es sitio para mamadas’. Él sonrió: ‘¿Nos viste?’. ‘Con prismáticos, todo clarito. Tu polla en su boca, entrando y saliendo…’. Me sonrojé, pero mi coño ya palpitaba. Se recostó, abriendo las piernas un poco, y vi la erección marcándose en los pantalones. Puse mi mano cerca, rozando. Sus ojos siguieron mi gesto. Empezó a masajearse por encima de la tela, lento. Yo crucé las piernas, frotándome el clítoris contra la silla. Silencio caliente, solo respiraciones.
‘Como esta mañana, tócate’, le dije. ‘No aquí, nos pillan’. Pero ya no aguantaba. Me acerqué, besos dudosos al principio, luego lengua profunda. Sus manos en mis tetas, pezones duros bajo el sujetador. Lo empujé contra el escritorio. Abrí las piernas, sentándome encima. Nuestros sexos se frotaron a través de la ropa. Mi falda subió, tanga fina empapada. ‘Joder, estás chorreando’, murmuró. Sus dedos bajaron, acariciando mis muslos suaves, hasta el borde del tanga. Dudó… ‘Sigue, hostia’. Apartó la tela, dedo en mi coño resbaladizo. ‘Qué puta humedad’. Entró uno, luego dos, follándome con los dedos. Gemí bajito, mordiéndome el labio. Encontró el clítoris, lo pellizcó, lo frotó rápido. Mi pelvis bailaba, queriendo más.
El clímax brutal sin filtros
‘Mi clítoris, rápido… ahhh’. Me cabré, cuernos contra su mano. Olía a sexo, mi jugo en sus dedos. Penetró hondo, vaivén brutal, pulgar en el botón. ‘Me corro… joder, me corro’. Explosión, coño contrayéndose, chorros calientes en su palma. Me aferré a él, temblando, casi muda. Segundos después, su mano en mi hombro. ‘Para, es demasiado sensible’. Me relajé, sudada, tetas subiendo y bajando.
Ahora yo. Bajé la cremallera, saqué su polla tiesa, gorda, vena palpitando. Pre-semen en el glande. La pajeé fuerte, subiendo y bajando, destapando la cabeza roja. ‘Qué rica polla’. Él gimió. Me arrodillé un segundo, lengua en el meato, lamiendo la gota salada. Luego, profunda en mi garganta, succionando. ‘Para, o me corro’, jadeó. ‘Guárdatela para esta noche’. Nos besamos, saboreando nuestros jugos. Nos arreglamos rápido: falda abajo, polla dentro, cremallera subida. Sonrisas cómplices. ‘A las 19 en mi casa, terminamos esto’. Salí como si nada, pero con el coño latiendo. Mañana, más curro normal, pero con secreto húmedo.