Mi polvo salvaje en la oficina con el jefe que me volvía loca

Ay, chicas, aún me tiemblan las piernas al recordarlo. Trabajo en una oficina cutre del centro, papeleo hasta las narices, pero mi jefe… uf, ese hombre de unos cincuenta, pelo canoso, gafas cuadradas, camisa ajustada que marca su pecho. Siempre me mira de reojo cuando paso con los informes. El viernes pasado, fin de mes, tensión por cerrar balances. ‘Elena, ven a mi despacho con los dossiers’, me dice por el intercomunicador. Mi corazón late fuerte. Entro, cierro la puerta… no del todo, eh, pero el clic suena íntimo.

Me siento frente a él, cruzo las piernas, mi falda plisada sube un poco. Él hojea los papeles, pero sus ojos negros se clavan en mis tetas. ‘Mira esto, Elena, hay un error aquí’, dice señalando la pantalla. Me inclino, mi blusa se abre, veo cómo traga saliva. El aire se espesa, huele a su colonia fuerte, a café rancio. Nuestras manos rozan al pasar las hojas, electricidad. ‘Joder, qué calor hace hoy’, murmura, aflojándose la corbata. Yo sonrío, ‘Sí, jefe, mucho…’. Levanto la vista, sus pupilas dilatadas. Pausa eterna. Se levanta, rodea el escritorio, se para detrás de mí. Sus manos en mis hombros, masajeando. ‘Estás tensa, ¿verdad?’, susurra al oído. Mi coño palpita ya, húmedo. Giro la cabeza, nuestros labios a milímetros. ‘Esto es una locura…’, digo yo, pero no me aparto.

La tensión subiendo entre los escritorios

De repente, me besa. Fuerte, lengua invasora, sabe a menta y deseo reprimido. Sus manos bajan a mis tetas, las aprieta sobre la blusa. ‘Quítatela’, gruñe. Botones volando, mi sujetador negro al aire. Me pone de pie, me empotra contra el escritorio. Papeles por el suelo. Baja mi falda, braga empapada. ‘Mira cómo estás de mojada, puta’, dice riendo bajito. Le desabrocho los pantalones, su polla salta dura como piedra, gruesa, venosa. ‘Joder, qué pedazo de verga tienes, jefe’. La agarro, masturbo fuerte, él gime. Me arrodillo, la chupo. Boca llena, saliva chorreando, bolas en la mano. Lamía el glande, tragando hasta la garganta. ‘Sí, así, cabrona, chúpamela bien’. El riesgo me pone a mil: voces fuera, cualquier compañero podría entrar.

El clímax brutal y el regreso a la normalidad

Me levanta, me tumba boca arriba en la mesa. Pantalones abajo, piernas abiertas. ‘Te voy a follar como una perra’, dice. Su polla roza mi coño rasurado, clítoris hinchado. Empuja, entra de golpe. ‘¡Ahhh, joder!’, grito bajito. Me llena entera, paredes estiradas. Bombea salvaje, mesa cruje. Mis tetas rebotan, pellizca pezones. ‘Tu coño aprieta como una virgen, Elena’. Yo clavo uñas en su espalda, ‘Fóllame más fuerte, métemela hasta el fondo’. Sudor gotea, olores a sexo crudo, polla y coño mezclados. Cambio: me pone a cuatro patas, espejo al lado veo mi cara de zorra. Azota mi culo, rojo. ‘Córrete, puta, córrete en mi polla’. Orgasmos brutales, yo tiemblo, chorro moja sus huevos. Él gruñe, ‘Me vengo…’. Caliente dentro, semen rebosa.

Jadeamos, segundos eternos. Se aparta, polla chorreando. ‘Rápido, limpia’. Pañuelos, yo me visto temblando. Él pantalones arriba, corbata recta. ‘Vuelve al trabajo, como si nada’, dice guiñando. Salgo, piernas flojas, sonrisa disimulada. Fuera, todos tecleando. Nadie nota mi pelo revuelto, olor a sexo leve. Él sale después, ‘Buen trabajo, Elena’. Adrenalina pura, coño dolorido pero feliz. Mañana, más papeles… y quién sabe.

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