Me llamo Carla, tengo cuarenta tacos y trabajo en una oficina de seguros. Mi matrimonio… uf, hace años que mi marido no me toca. Pruebo lencería, pelis porno, pero nada. Él, estresado del curro. Yo, frustrada, me masturbo por las noches. Empiezo por los pezones, duros bajo la camisola. Luego, bajo la mano, abro mi coño húmedo y meto el dedo. Descubrí que mi culo es una bomba: dedo en el coño y otro en el ojete, gimiendo bajito para no despertar al ronquidor. Limpio con toallitas y sigo.
En la oficina, Nicolás me vuelve loca. Cincuentañero, ojos claros, salvaje, con esa sonrisa de lobo. Poco hablador, pero me mira… ay, esa mirada. Trabajamos juntos en expedientes. Sus manos grandes, precisas, pasando papeles. Siento su calor cerca. Un día, en el archivo, solos. Puertas cerradas, pero oímos voces fuera. Adrenalina pura. Nuestros ojos se clavan. ‘¿Todo bien, Carla?’, dice con voz grave. ‘Sí… pero hace calor aquí, ¿no?’. Me acerco, rozo su brazo. Él no se mueve, pero su paquete crece en los pantalones.
La tensión sube entre expedientes y miradas
Hablamos de tonterías, pero la tensión… uf. Mi mano valida –tengo una contractura tonta– sube por su muslo. Tiembla un poco, pero sigue hablando de balances. Sonrío, subo más. Llego a la bragueta. La abro despacio, saco su polla semi-dura, gruesa, más grande que la de mi marido. Él sigue al teléfono, negociando algo. ‘¿Seguro que no te molesto?’, le digo picarona. Sigue hablando, voz entrecortada. Me arrodillo, le lamo el glande. Salado, caliente. La chupo, garganta profunda. Mi coño palpita, meto dedos, pero… mierda, estoy con la regla ligera, noto el tampón.
El polvo brutal y el regreso al curro como si nada
Él cuelga por fin. ‘Joder, Carla…’. Me pone a cuatro patas sobre las cajas de expedientes. Olor a papel viejo y su colonia. Me baja las bragas, olisquea mi culo. ‘Qué rico culo tienes’. Me escupe en el ojete, mete un dedo. Gimo: ‘Sí, ahí… fóllame el culo, por favor’. Duda: ‘¿Segura?’. ‘¡Encúlame ya, coño!’. Su polla cabe enorme, duele y excita. Empuja, centímetro a centímetro. Lleno, profundo. ‘¡Más fuerte!’. Me taladra, cachetazos en las nalgas. Sudor, jadeos. ‘Eres mi puta de oficina’, gruñe. Me abro las nalgas: ‘¡Destrózame el culo!’. Siento sus huevos golpeando, mi coño chorrea. Casi grito, pero muerdo mi mano –alguien pasa fuera–. Él acelera, bestial. ‘Me corro…’. Me giro rápido, culazo abierto, le chupo la polla sucia de mí. Explota en mi boca, leche caliente, espesa. Trago, lamiendo.
Nos quedamos jadeando, tumbados en el suelo sucio. Cinco minutos. ‘Vámonos, que viene el jefe’, dice él. Me subo las bragas, arreglo la falda. Él la bragueta. Salimos, caras rojas, pero sonrisas. ‘Hasta mañana, Carla’. ‘Sí, Nicolás…’. Vuelvo a mi mesa, piernas temblando, culo ardiendo. Abro el Excel como si nada. Pero dentro, euforia. Mi marido no sabrá, esto es nuestro secreto. Y quiero más. El curro nunca fue tan excitante.