Uf, hoy en la oficina ha sido… intenso. Trabajo con Marcos, ese tío alto y moreno del departamento contable. Estábamos en la sala común, rodeados de pilas de expedientes amarillentos. Él clasificaba facturas, yo fingía revisar contratos, pero sus ojos… Dios, me comían viva. Cada vez que me agachaba a coger un folder, sentía su mirada clavada en mi culo, bajo la falda lápiz negra. Me sudaban las bragas de puro calor. ‘¿Todo bien, Ana?’, me dijo con esa voz ronca, acercándose demasiado. Su aliento en mi cuello me erizó la piel. ‘Sí, pero ven a la sala de archivos, necesito ayuda con unos papeles viejos’, le solté bajito, mordiéndome el labio. El corazón me latía fuerte. ¿Y si nos pillan? Esa idea me ponía el coño a mil.
Entramos en la sala de archivos, esa habitación polvorienta al fondo del pasillo, con estanterías hasta el techo y la puerta que cierra mal. Olía a papel viejo y humedad. Cerré como pude, echando el pestillo oxidado. ‘Mira, Marcos… me he puesto lo que me regalaste’, le susurré, subiéndome la falda despacito hasta las rodillas. Sus ojos se abrieron como platos. ‘Joder, Ana, los pantis abiertos… y ese tanga de terciopelo negro que te marca el chocho’. Me temblaban las piernas. Toda la mañana sentada en la silla de oficina, sudando, con el tanga rozándome el clítoris. No era fresca, no. Olía a mi día: sudor mezclado con un toque de pis de las ganas que tenía.
La tensión entre expedientes y miradas ardientes
Se puso de rodillas detrás de mí, yo apoyada en una estantería, con las cajas de archivos tambaleándose. Sus manos subieron por mis muslos firmes, envueltos en el nailon fino. ‘Qué coño más rico’, murmuró, hundiendo la nariz en mi entrepierna. Sentí su aliento caliente a través del terciopelo. Gemí bajito, arqueando la espalda. Sus dedos jugaban con el borde de los pantis abiertos, rozando la piel desnuda. Olía fuerte: mi sudor del día, ese aroma almizclado de coño usado, con un regusto ácido de orina. Me encantaba. ‘No pares…’, le rogué, mientras su lengua lamía el tanga por delante. Estaba húmedo ya, mis labios hinchándose contra la tela. Levanté una pierna, apoyándola en una caja baja, abriéndome toda.
Apartó el tanga a un lado y atacó. Su lengua en mis pelos del pubis, lamiendo las labios mayores, ese sabor a miel salada con amoniaco que lo volvía loco. ‘Joder, qué puta más buena’, gruñó. Yo me retorcía, el clítoris palpitando como un mini polla. Sus manos amasaban mi culo perfecto, separando nalgas. Un dedo rozó el hilo del tanga en mi raja, irritándome el ano. Lamía de arriba abajo: del coxis al clítoris, chupando mis jugos abundantes. Olía a todo prohibido: mi culo sudado, el agujero oscuro con su gusto amargo. Me mareaba de placer. Intenté abrirle el pantalón, saqué su polla dura, goteando precum. La meneé un par de veces y… ¡pum! Eyaculó contra mi muslo, chorros calientes mientras su cara estaba enterrada en mi coño, nariz en mi culo. Se corrió gritando ahogado en mis pliegues.
El polvo brutal en la sala de archivos
Se dejó caer al suelo, jadeando. Yo, con las piernas abiertas, me subí la falda más, mostrándole mi culo enmarcado por los pantis abiertos. Mi mano derecha masajeaba mi sacro, dedos colándose delante para tocarme el clítoris hinchado. Ondulaba las caderas, masturbándome despacio. Él miraba, polla volviendo a endurecerse. ‘No he terminado, cabrón’, le dije. Cogí un vaso de plástico viejo de la estantería. ‘Me tengo que mear… mira’. Me agaché frente a él, tanga cubriendo apenas mi coño hinchado. Ajusté el vaso debajo y… ¡zas! Empecé a mear a chorros a través del terciopelo. Cinco segundos y lo aparté, pis directo al vaso, desbordando al suelo sucio. ‘¿Te gusta mi pis caliente?’, pregunté, sabiendo la respuesta. Su polla tiesa lo decía todo. Olía fuerte, ese aroma penetrante mezclándose con mi excitación.
Nos limpiamos rápido con toallitas húmedas del bolso, nos vestimos a toda prisa. ‘Vuelve al curro como si nada’, le dije riendo nerviosa, mientras salíamos. En la sala común, él a sus facturas, yo a mis contratos. Nuestras miradas se cruzaron: complicidad pura. Nadie notó nada. Pero mi coño aún palpitaba bajo la falda, recordándome el riesgo. Mañana… ¿repetimos?