Me llamo Lucía, tengo veintinueve tacos y curro en una oficina de marketing en el centro de Madrid. Abierta total al sexo, me flipa el morbo del curro, ese riesgo de que te pillen follando entre expedientes. Mi jefe nuevo, Diego, llegó hace meses. Mide 1,85, atlético como un dios, moreno con ojos azules que te clavan. Cada vez que pasaba por mi mesa, sentía un cosquilleo en el coño, sus manos rozando las mías al pasarme papeles… Joder, qué calor.
Los días eran un infierno dulce. En reuniones, sus miradas me desnudaban, yo me mordía el labio, cruzaba las piernas para que no notara lo mojada que estaba. ‘Lucía, trae el informe azul al despacho’, me decía con esa voz ronca. Entraba, olía su colonia fuerte, masculina, y me ponía a mil. Hablábamos de cifras, pero sus ojos bajaban a mis tetas, apretadas en la blusa. Una vez, su rodilla tocó la mía bajo la mesa… Dudé, ‘¿Diego, qué…?’. Él sonrió, ‘Nada, sigue’. Mi tanga chorreaba.
La tensión sube entre papeles y miradas calientes
Era viernes tarde, oficina casi vacía, solo el zumbido de las máquinas. Me pita el móvil interno: ‘Lucía, sube ya con los dossiers pendientes. Cierro puerta’. El corazón me latía fuerte, subí las escaleras sudando. Entro, cierra con llave. El despacho grande, mesa de roble, persianas bajadas. Espacio privado de golpe, aire espeso. ‘Siéntate’, dice, pero me pone de pie contra la mesa. Sus manos en mis brazos, me mira fijo. ‘Sabes que me pones cachondo desde el día uno, ¿verdad?’. Trago saliva, ‘Diego, esto es el curro…’. Pero mi coño palpita.
Se acerca, su aliento en mi cuello. ‘Shh, solo un rato’. Me besa el lóbulo, muerde suave. Gimo bajito, ‘Joder, para… no’. Pero mis manos ya en su pecho duro. Baja la cremallera de mi falda, mete mano en mi tanga empapada. ‘Mira cómo estás de puta mojada por mí’. Dedos gruesos frotan mi clítoris, meten dos en mi coño chorreante. Me tiemblan las piernas, me agarro a la mesa. ‘Diego… ahh…’. Me gira, empuja contra el escritorio, papeles vuelan. Baja mis bragas, las deja colgando en un tobillo. Saco su polla del pantalón: enorme, venosa, 20 cm fáciles, capullo morado hinchado, huevos peludos y pesados.
El polvo brutal y sin frenos en privado
‘Kneel, chúpamela como la puta de oficina que eres’, ordena. Dudo un segundo, ‘Pero… la puerta…’. ‘Cállate y abre la boca’. Me arrodillo, piso duro contra rodillas. Cojo sus huevos, pesados, calientes. Lamo el capullo, salado, brilla con mi saliva. Miro arriba, sus ojos salvajes. Englobo la cabeza, succiono fuerte, lengua en la uretra. ‘Así, zorra, traga más’. Empujo, un tercio entra, me ahogo un poco, babeo por la barbilla. Masturbo la base gruesa, chupo huevos, lametones largos. Él gime, ‘Joder, qué boca de puta’. Agarra mi pelo, folla mi cara, polla golpea garganta. Siento venas pulsar, huevos tensos. Quiero parar, pero no, acelero, mano en coño masturbándome.
‘Voy a correrme, trágatelo todo’. Intento sacar, pero me clava, capullo en boca. Primera chorreada golpea paladar, espesa, caliente. Segunda llena garganta, trago como loca. Tercera y cuarta en lengua, sabor fuerte, pegajoso. Se corre litros, me desborda un poco por comisura. Afloja, caigo sentada, polla goteando en mi cara. Me limpio con dedo, meto en boca. ‘Buena chica’, dice acariciándome pelo.
Se sube pantalón, yo me pongo tanga, falda arrugada. Recojo papeles del suelo, riendo nerviosas. ‘Vuelve a tu mesa, como si nada. Mañana más’. Le beso mejilla, salgo. Oficina vacía, pero oigo voces lejanas. Corazón a mil, coño aún palpitando, sabor a corrida en boca. Me siento en mi sitio, abro Excel, finjo normal. Adrenalina brutal, flipando con el secreto. Mañana, miradas de nuevo, pero ahora sé su polla íntimamente.