Ay, chicas, no os lo vais a creer. Ayer en la oficina, con el curro hasta las tantas, pasó lo que llevaba semanas imaginando. Soy Ana, la de contabilidad, y él… pues Yan, el del marketing, ese moreno con ojos negros que me mira siempre como si quisiera comerme. Estábamos solos en la sala de archivos, revisando expedientes atrasados. El jefe se había pirado temprano, y el resto… bah, viernes noche, todos a casa.
—Yan, pásame el dossier de Huang, anda —le digo, inclinándome un poco para que vea mi escote. Llevo esa blusa blanca ajustada, sin sujetador, que se me marcan los pezones si me pongo cachonda. Él me lo da, rozándome los dedos. Uf, ese calor… Nos miramos. Sus ojos bajan a mis tetas, y yo… yo siento un cosquilleo en el coño. Eh… silencio. Solo el zumbido del aire acondicionado y nuestros respirones.
La tensión subiendo entre papeles y miradas calientes
Se acerca más. —Ana, estás… joder, estás buenísima hoy —murmura, voz ronca. Yo me muerdo el labio. —Cállate y ayúdame con esto. Pero mi mano ya le roza el brazo, musculoso. Empezamos a ordenar papeles, pero los cuerpos se pegan. Su aliento en mi cuello. Huele a colonia y a hombre sudado del día. Me giro, y bum, nuestras caras a dos centímetros. —Si nos pillan… —digo, pero no me aparto. Él sonríe, malicioso. —Por eso mola.
Cierro la puerta del archivo con llave. Clic. Ahora es nuestro. El espacio chiquitito, estanterías llenas de carpetas, luz tenue. Me empuja contra la mesa. Sus manos en mi culo, apretando fuerte. —Quítate las bragas —me ordena. Yo, jadeando: —Aquí no… pero ya me las estoy bajando, empapadas. Se desabrocha el pantalón, y sale su polla, dura como piedra, gorda, venosa. La miro, salivando. —Mira lo que me haces…
Me sube a la mesa, expedientes volando al suelo. Abre mis piernas de un tirón. —Estás chorreando, puta —dice, metiendo dos dedos en mi coño. Gimo alto, eh… sí, así. Me folla con los dedos, rápido, chapoteando mi jugo. Yo le agarro la polla, la meneo, siento el prepucio suave. —Métemela ya, joder.
El follón brutal y la vuelta al curro como si nada
Se coloca, roza mi clítoris con la punta. Entra de golpe, hasta el fondo. ¡Ay, Dios! Me llena, estira mi coño. Empieza a bombear, fuerte, salvaje. La mesa cruje, papeles por todos lados. Yo clavo uñas en su espalda. —Más duro, cabrón, rómpeme. Sudamos, piel contra piel pegajosa. Su polla entra y sale, chapoteando mi lefa. Le chupo la lengua, mordiéndola. Me agarra las tetas, pellizca pezones duros. —Vas a hacer que me corra —gime él.
Yo ya estoy al borde. Cambio de posición: me pone de rodillas sobre la mesa, culo en pompa. Me azota las nalgas, rojas. —Ahora te follo como una perra. Embiste por detrás, cogiéndome del pelo. Su huevo me da en el clítoris. Grito: —Sí, joder, me corro… ¡Ahhh! Explosión en mi coño, contracciones, jugo por sus muslos. Él acelera, gruñe: —Toma mi leche, zorra. Siento el chorro caliente dentro, llenándome, goteando.
Jadeamos, pegados. Su polla aún palpita en mí. Besos suaves ahora, sudor salado. —Ha sido… brutal —digo, riendo bajito. Se sale, semen resbalando por mi pierna. Nos limpiamos rápido con kleenex de la mesa. Me pongo las bragas, él el pantalón. Recogemos papeles, ordenamos como locos. Abro la puerta, miro el pasillo vacío. —Venga, a currar, que mañana hay reunión.
Salimos, sonrisas cómplices. Nadie nota nada. Yo sentada en mi sitio, coño palpitando aún, oliendo a sexo. Él me guiña ojo desde el otro lado. La adrenalina… uf, me pone más que el polvo. Mañana repetimos, ¿no?