Follada prohibida en la oficina: mi polvo con el jefe que casi nos pilla

Buf, acabo de salir del curro y aún me tiemblan las piernas. Soy Laura, de Madrid, secretaria en una oficina cutre del centro. 32 años, abierta como una puta en celo, adoro el riesgo en el trabajo. Ese subidón de que te pillen… uf, me pone la chochita a mil. Hoy os cuento lo de anoche con Miguel, mi jefe. Alto, moreno, con esa sonrisa de cabrón que te desnuda con la mirada.

Estábamos solos, tarde, liados con un montón de dossiers para una entrega urgente. La oficina vacía, solo el zumbido de los ordenadores y el olor a café rancio. Yo inclinada sobre la mesa, rebuscando papeles, y noto sus ojos clavados en mi culo. Llevaba falda lápiz ajustada, esa que se sube un poco cuando me agacho. ‘Joder, Laura, ¿necesitas ayuda?’, dice él, acercándose demasiado. Su aliento caliente en mi cuello. Me giro, nuestras caras a centímetros. ‘No, jefe, pero… eh… tú pareces tenso’, le suelto, mordiéndome el labio. Él ríe bajito, ‘Tú sí que estás buena hoy’. Sus manos rozan mi cintura, accidental… o no.

La tensión sube entre papeles y miradas calientes

El aire se espesa. Dejo caer un dossier a propósito, me agacho despacio, mirándolo de reojo. Su paquete ya abulta los pantalones. ‘Mierda, Miguel, ¿eso es por mí?’, pregunto juguetona. Él no responde, solo cierra la puerta de la sala de reuniones con llave. Clic. Ahora sí, espacio privado. Nos miramos, el corazón me late en la concha. ‘Ven aquí’, murmura, tirando de mí. Nuestras bocas chocan, besos húmedos, lenguas enredadas. Sabe a menta y deseo. Sus manos suben por mis muslos, arrancándome las bragas. ‘Estás empapada, puta’, gruñe. Yo gimo, ‘Fóllame ya, joder’.

Me sube a la mesa, papeles volando por los aires. Le bajo la cremallera, saco su polla gorda, venosa, tiesa como una barra. ‘Mmm, qué pedazo de verga’, digo lamiéndome los labios. La chupo voraz, saliva chorreando, bolas en la mano. Él jadea, ‘Joder, Laura, traga más profundo’. La meto hasta la garganta, tosiendo un poco, pero me encanta ese sabor salado. Me pone de pie, me dobla sobre el escritorio, falda arremangada. Siento la punta en mi coño chorreante. ‘¿Lista?’, pregunta. ‘¡Métemela toda, cabrón!’.

El polvo brutal y el regreso al curro como si nada

Empuja fuerte, me llena entera. ‘¡Ahhh, sííí!’, grito bajito, mordiendo mi puño para no alertar al guardia. Me taladra sin piedad, polla entrando y saliendo, chapoteo de jugos. Sus manos aprietan mis tetas, pellizcando pezones duros. ‘Tu coño aprieta como una virgen’, dice entre embestidas. Cambio de posición, yo encima, cabalgándolo salvaje. Sus caderas suben, chocando contra mi clítoris. ‘Me corro… me corro…’, gimo. Él acelera, ‘Aguanta, zorra’. Me agarra el culo, dedo en mi ano, y explota: chorros calientes inundando mi interior. Yo tiemblo en orgasmo, uñas en su pecho, ‘¡Sí, lléname de leche!’.

Sudados, jadeantes, nos separamos. Semen goteando por mis muslos. ‘Joder, eso fue… brutal’, dice él limpiándose con un kleenex. Yo me bajo la falda, arreglo el pelo. ‘Venga, a currar, que queda faena’. Risas nerviosas. Recogemos papeles, volvemos a los desks como si nada. Él me guiña ojo, ‘Mañana repetimos?’. Sonrío, ‘Si no nos pillan…’. Salgo a casa con la adrenalina a tope, coño palpitando. Mañana, oficina normal… o no. ¿Quién sabe?

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