Mi polvo prohibido en la oficina: la follada que casi nos pillan

Trabajo en una oficina cutre del centro, ya sabes, de esas con fluorescentes que parpadean y olor a café quemado. Tengo 35 tacos, morena con curvas que no pasan desapercibidas. Hoy… uf, hoy fue la hostia. Estaba con Marcos, mi compañero del departamento de contabilidad. Alto, fornido, con esa barba de tres días que me pone. Llevábamos semanas con miraditas, roces ‘accidentales’ al pasar papeles.

Estábamos solos en la sala de archivos, revisando unos dossiers atrasados. El jefe había salido y el resto en pausa. ‘Pásame ese expediente, anda’, me dice con voz grave, rozándome la mano. Siento un cosquilleo en el estómago. Nuestras rodillas se tocan bajo la mesa. Levanto la vista… sus ojos clavados en mis tetas, que se marcan bajo la blusa. ‘Joder, Marcos, ¿qué miras tanto?’, le suelto riendo bajito, pero con la voz temblorosa. Él se acerca, ‘No puedo evitarlo, estás buenísima hoy’. El aire se espesa. Cierro la puerta con pestillo, clic. Ya está, el espacio es nuestro. Solo el zumbido del aire acondicionado y nuestros jadeos empezando.

La tensión sube entre papeles y miradas calientes

Me empuja contra la mesa, sus manos en mi culo. ‘Quiero follarte ya’, gruñe. Le beso con hambre, mordiéndole el labio. Le bajo los pantalones de un tirón. Su polla salta dura como una piedra, venosa, goteando pre-semen. ‘Mira lo que me haces’, dice. Me sube la falda, rompe mis bragas de un gesto. ‘Estás empapada, puta’, y mete dos dedos en mi coño chorreante. Gimo fuerte, ‘Shhh, nos van a oír’. Pero eso me excita más, la adrenalina de que entren en cualquier momento.

El polvo brutal y el regreso al curro como si nada

Me gira, me inclina sobre los dossiers. Siento la punta de su verga rozando mi entrada. ‘Pídemelo’, ordena. ‘Fóllame fuerte, joder’, suplico. Empuja de golpe, toda su polla dentro, llenándome hasta el fondo. ‘¡Ahhh!’, grito ahogado. Bombea salvaje, piel contra piel, plaf plaf plaf. Sus huevos me golpean el clítoris. ‘Tu coño aprieta como una virgen’, jadea. Le araño la espalda, ‘Más duro, cabrón’. Cambiamos, me sube a la mesa, piernas abiertas. Me come el coño un rato, lengua girando en mi clítoris hinchado, chupando mis labios. ‘Sabes a gloria’, murmura. Vuelvo a cabalgarlo, su polla entrando y saliendo, mis tetas rebotando. Sudo, huelo a sexo puro. ‘Me corro, me corro’, aviso. Él acelera, ‘Yo también, toma mi leche’. Eyacula dentro, chorros calientes inundándome. Yo exploto, coño contrayéndose, piernas temblando.

Unos minutos después… jadeamos, sudados. ‘Joder, ha sido brutal’, dice él riendo nervioso. Nos vestimos a toda prisa. Limpio el semen que me gotea por las piernas con unas toallitas del bolso. Ajusto la blusa, peino el pelo revuelto. ‘Como si nada’, le digo guiñando. Salimos, volvemos a nuestros puestos. Él con una carpeta en mano, yo tecleando el teclado. Pasa una compañera, ‘¿Todo bien? Se os oía raro’. ‘Sí, sí, un atasco con los papeles’, mentimos. Corazón a mil aún, coño palpitando. Sonrío para dentro. Mañana… ¿repetimos? Esa adrenalina, uf, es adictiva. No hay nada como follar en el curro, bravar el riesgo. Si me pillan, que me despidan follada.

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