Mi polvo salvaje en la oficina: tensión, follada brutal y el riesgo de ser pillada

Uf, aún me tiemblan las piernas al recordarlo. Trabajaba en ese despacho enorme, rodeada de pilas de dossiers amarillentos que olían a polvo y tinta vieja. Mi jefe, Andrés, alto, con esa mandíbula cuadrada y bigotito fino que me ponía cachonda… y mi compi Lola, la rubia escocesa que siempre andaba liándola. Ese día, la mañana ya iba avanzada, yo revisando papeles en la sala de archivos, semioculta tras las estanterías altas.

Sus ojos se clavaron en mí mientras archivaba un expediente. ‘¿Necesitas ayuda, nena?’, murmuró, acercándose demasiado. Su aliento caliente en mi cuello, olía a café y colonia cara. Dudé, eh… ‘Bueno, sí, estos son pesados’, balbuceé, sintiendo ya el calor entre las piernas. Lola entró entonces, con una sonrisa pícara. ‘Yo os echo un cable’, dijo, cerrando la puerta con llave. El clic resonó como un disparo. Espacio privado, al fin. Miradas cruzadas, roces ‘accidentales’ con los muslos. Mi coño empezó a palpitar.

La tensión sube entre los expedientes

Andrés me acorraló contra la estantería, sus manos subiendo por mi falda. ‘Joder, qué ganas tenía de esto’, gruñó, besándome el cuello. Yo gemí bajito, mordiéndome el labio. Lola se pegó por detrás, sus tetas contra mi espalda. ‘Déjame probar’, susurró, metiendo mano bajo mi blusa. Sus dedos pellizcaron mis pezones duros como piedras. El aire se llenó de nuestro jadeo, el olor a sexo empezaba a mezclarse con el papel viejo.

De repente, Andrés me levantó la falda, vio mi tanga empapada. ‘Mira qué puta mojada estás’, rio, arrancándomela de un tirón. Lola se arrodilló, lamió mi coño chorreante. ‘Mmm, sabe a miel’, dijo, metiendo la lengua profunda. Yo me agarré a los estantes, temblando. Andrés sacó su polla gorda, venosa, ya tiesa como una barra. ‘Chúpala’, ordenó. Me metí el capullo en la boca, saboreando el precum salado. La chupé fuerte, hasta la garganta, mientras Lola me follaba con dos dedos.

Cambiaron posiciones. Andrés me empotró contra la mesa, su polla abriéndome el coño de un empujón brutal. ‘¡Ahhh, joder, qué prieta!’, rugió, clavándomela hasta los huevos. Follando como animales, plaf plaf, mis tetas botando. Lola se subió a la mesa, abrió las piernas. ‘Ahora a mí’, suplicó. Le metí tres dedos en su coño peludo, luego cuatro… hasta el puño entero. ‘¡Más, cabrona, métemelo todo!’, gritó ella, corriéndose a chorros en mi mano. El squirt me salpicó la cara, salado y caliente.

El clímax brutal y el regreso al curro

Oí un ruido… la puerta entreabierta. El puto becario, ese chaval del jardinero, espiando con los ojos como platos, pajéandose la polla. Andrés lo vio, pero no paró. Me dio la vuelta, me escupió en el culo y metió la polla de golpe en mi ojete. ‘¡Aaaah, duele… pero sigue!’, gemí, arqueándome. Anal salvaje, sus huevos golpeando mi clítoris. El voyeur se acercaba, polla en mano. ‘Sigue mirando, hijo de puta, o te corto los huevos’, le espetó Andrés. Yo miré al chaval, ‘¡Córrete viéndome el culo abierto!’. Él explotó, leche espesa en el suelo.

Andrés aceleró, ‘Me voy a correr dentro’. ‘¡Sí, lléname el culo!’, supliqué. Se vació en mí, espasmos calientes inundándome. Me corrí también, coño contrayéndose vacío, olas de placer. Lola nos lamía, limpiando restos.

Sudados, jadeantes. ‘Joder, ha sido… uf’, dije, bajándome la falda. Andrés se subió los pantalones, ‘Vuelta al curro, como si nada’. Lola guiñó, ‘Silencio, eh’. Salimos uno a uno. Yo a mi mesa, piernas flojas, semen goteando por los muslos. Sonreí al becario pasando, él rojo como tomate. Nadie sospechó. Día normal en la oficina… pero mi coño aún late recordándolo.

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