Mi polvo prohibido en la oficina: el trío que casi nos pilla

Ay, Dios… acabo de salir de la oficina y aún me tiemblan las piernas. Soy Ana, 28 años, secretaria en una empresa grande de Madrid. Hoy… uf, ha sido una locura. Todo empezó esta tarde, revisando expedientes en el archivo del fondo. Ese cuarto estrecho, con estanterías hasta el techo, lleno de polvo y papeles viejos. Estaba sola, o eso creía, inclinada buscando un dossier. De repente, siento una mirada quemándome la nuca. Era Javier, mi compañero del departamento de ventas. Alto, moreno, con esa sonrisa de lobo. “¿Necesitas ayuda, Ana?”, dice con voz ronca, acercándose demasiado. Nuestros brazos se rozan… y yo, que soy una puta abierta al sexo, siento el cosquilleo ya entre las piernas.

Me giro, le miro a los ojos. “Sí, pero no con papeles”, susurro, mordiéndome el labio. Él ríe bajito, pone una mano en mi cintura. “Cuidado, que nos pillan”. Pero no se aparta. Al contrario, me empuja contra la estantería, nuestros cuerpos pegados. Huelo su colonia mezclada con sudor… mmm. Le toco el pecho por encima de la camisa, noto su polla endureciéndose contra mi muslo. “Joder, Ana, eres una tentación”, murmura, y me besa el cuello. Yo jadeo, “Shh, espera…”. Pero mis manos ya bajan a su cinturón. La puerta está entreabierta, oímos voces lejanas en la oficina. Adrenalina pura, el miedo a que entre alguien nos pone más cachondos.

La tensión sube entre los expedientes

Entonces, entra Marcos, el jefe de Javier. “¿Qué coño pasa aquí?”. Pensé que nos mataba, pero no… nos mira con ojos brillantes. “Vaya, vaya… ¿interrumpo?”. Javier no suelta mi cintura. “Únete, jefe. Ana está que arde”. Yo, roja como un tomate, pero empapada. “Ven… cerrad la puerta”. Marcos obedece, echa el pestillo. El espacio se hace privado de golpe. Nos miran los dos, yo en medio, falda subida un poco, pezones duros marcando la blusa. Tensiones al máximo, respiraciones pesadas.

Marcos se acerca, me agarra la cara y me besa con lengua, salvaje. Javier por detrás, manos en mis tetas, pellizcando pezones. “Joder, qué tetas tan ricas”, gruñe. Yo gimo, “Sí… más fuerte”. Le bajo el pantalón a Javier, su polla salta dura como piedra, gorda, venosa. La agarro, masturbo lento, siento el precúm en mi palma. Marcos ya me quita la blusa, chupa mis tetas, muerde. Bajo su cremallera, su verga es más larga, curva perfecta. “Chúpamela, puta”, ordena Marcos. Me arrodillo entre expedientes, boca en su polla, chupando hasta la garganta. Glups… saliva chorreando. Javier me levanta la falda, rompe mi tanga. “Mira qué coño mojado”, dice, mete dos dedos, me folla con ellos. Yo ahogo gemidos con la polla de Marcos en la boca.

El polvo brutal y la despedida discreta

Me ponen de pie, Marcos me empotra contra la pared, polla dentro de mi coño de un empujón. “¡Ahhh! Joder, qué grande”. Me folla brutal, placaplaca, mis tetas botando. Javier detrás, escupe en mi culo, mete la polla despacio. “Relájate, zorra”. Doble penetración… uf, dolor y placer mezclado. Me follan los dos a la vez, uno en coño, otro en culo. Sudor, olores a sexo, papeles cayendo. “¡Más rápido! ¡Me corro!”, grito bajito. Marcos me tapa la boca, eyacula dentro, leche caliente llenándome. Javier sigue, me da azotes en el culo. “Toma, puta de oficina”. Se corre en mi culo, chorros potentes. Yo exploto, squirt en el suelo, piernas temblando.

Uf… jadeamos los tres. Rápido, nos vestimos. Marcos limpia con kleenex, Javier barre papeles. “Como si nada”, dice él, guiñando. Salimos por separado. Yo a mi mesa, cara de póker, coño goteando aún. Ellos vuelven a sus puestos, sonrisas cómplices. Nadie nota nada. Pero yo… sonrío pensando en la próxima vez. ¿Quién dijo que el trabajo es aburrido?

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