Uf, acabo de recordarlo todo, como si hubiera pasado ayer. Trabajo en una oficina de marketing en Madrid, nada fancy, pero con vistas al caos de Gran Vía. Soy Ana, 32 años, abierta como un libro porno, me flipa el riesgo en el curro. Ese día, estaba con los informes de fin de mes, sudando tinta entre pilas de carpetas. Y ahí entró él, Nico, el hijo de la conserje. 23 años, moreno, cuerpo fibroso de gym, sonrisa que te moja las bragas. Venía a ‘ayudar’ con el archivo, dice su madre, pero yo sabía que sus ojos me comían viva.
—Ey, Ana, ¿necesitas una mano con esto? —me soltó, agachándose para coger una caja pesada. Su camiseta se subió, dejando ver esos oblicuos marcados, el sudor brillando en su piel morena. Le miré el paquete, abultado en los vaqueros ajustados. Mmm, grande. Yo, con mi falda lápiz y blusa medio desabotonada, crucé las piernas para disimular el cosquilleo.
La tensión entre carpetas y miradas
—Claro, Nico… ponla ahí arriba —le dije, voz ronca, mordiéndome el labio. Nuestros dedos se rozaron al pasarle la carpeta. Electricidad. Él se quedó quieto, mirándome fijo, el aire cargado. La oficina medio vacía, viernes tarde, todos en el coffee break. Sus ojos bajaron a mis tetas, pezones duros contra la tela. Yo noté su polla endureciéndose, tirando del zipper.
—Joder, Ana, estás… buena hoy —murmuró, acercándose. Olía a colonia barata y hombre joven. Le empujé suave contra la estantería de archivos, la puerta entreabierta. Corazón a mil, ¿y si entra alguien? Eso me ponía más. Le besé el cuello, salado, mordisqueando. Él gruñó, manos en mi culo, apretando fuerte.
El espacio se cerró. Cerré la puerta con pestillo, clic. Ya no había vuelta atrás. Le arranqué la camiseta, lamiendo su pecho lampiño, pezones duros. Él me levantó la falda, dedos en mi tanga empapada.
—Estás chorreando, puta —dijo, metiendo dos dedos en mi coño. Gemí, arqueándome. Le bajé el pantalón de un tirón. Su polla saltó, gorda, venosa, cabeza morada reluciente de precúm. La agarré, masturbándola lento, sintiendo el pulso.
El polvo intenso y la vuelta al curro
—Fóllame ya, Nico, no pares —jadeé, arrodillándome. Se la metí en la boca, profunda, hasta la garganta. Él agazapó las caderas, follándome la boca con fuerza, bolas golpeando mi barbilla. Saliva chorreando, gorgoteos. Me levantó, me dio la vuelta contra la mesa. Tanguita a un lado, me abrió las nalgas. Su lengua en mi ano, lamiendo, chupando. Joder, qué guarro.
—Te voy a reventar el coño —gruñó, colocándola. Entró de golpe, dura como hierro, llenándome hasta el fondo. Grité bajito, uñas en la madera. Me embistió brutal, piel contra piel, plaf plaf plaf. Sudor goteando, mi clítoris frotando la mesa. Le apreté las bolas, él me pellizcó los pezones.
—Córrete dentro, lléname —supliqué, temblando. Él aceleró, bestia, gruñendo como animal. Sentí su polla hincharse, chorros calientes inundándome el coño, espeso, rebosando por mis muslos. Yo exploté, coño contrayéndose, jugos mezclados con su leche, piernas flojas.
Jadeando, se salió, semen chorreando. Me limpié rápido con kleenex, él se subió los pantalones, polla aún medio tiesa. Sonrisa pícara.
—Venga, a currar, que no nos pillen —dijo, guiñando. Salimos como si nada, yo con las carpetas, él silbando. Regresamos a nuestros sitios, miradas cómplices. El resto del día, cada roce me recordaba su semen secándose dentro. Adrenalina pura, ya quiero más.